LOS BENEFICIOS DEL EJERCICIO TAMBIÉN SON TRANSMITIDOS DE PADRES A HIJOS

El ejercicio físico es fundamental en cualquier etapa de la vida por sus múltiples beneficios sobre la salud, incluyendo la función y salud cerebral. Unos beneficios que parece ser que se transmiten incluso de madres a hijos. Por ejemplo, recientemente mostramos cómo el cerebro de los bebés de madres que realizan ejercicio durante el embarazo se desarrolla más rápidamente. ¿Pero se transmiten también los beneficios del ejercicio realizado por el padre a su futuro hijo?

Un nuevo trabajo liderado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y publicado en la revista PNAS ha analizado, en ratones, si los beneficios cognitivos del ejercicio físico son heredados por las crías, aunque estas sean sedentarias (1). Se analizaron diferentes variables relacionadas con la función cognitiva comparando las crías de padres antes de una intervención de ejercicio con las crías de esos mismos padres después de la intervención, así como las crías de padres sedentarios con las de padres entrenados para estudiar los efectos intergeneracionales del ejercicio entre la descendencia.

Los análisis revelaron que la mejora de la función cognitiva en los padres es heredada por su descendencia, aumentando la neurogénesis en el hipocampo y la actividad de la citrato-sintasa (un marcador de la funcionalidad mitocondrial). Estos hallazgos demuestran la transmisión intergeneracional a través del esperma de los padres de los efectos sobre la cognición inducidos por el ejercicio, apuntando directamente a la realización de ejercicio físico por parte del padre como un factor determinante de la fisiología cerebral y la cognición de sus hijos.

Por lo tanto, sumado a los beneficios que se producen sobre los bebés de madres activas, en esta ocasión observamos también como el hecho de que los hombres realicemos ejercicio puede ser de gran relevancia para nuestros futuros hijos. Finalmente, aunque el estudio se llevó a cabo en un modelo animal y puede haber gente a la que, por este motivo, los resultados le creen reticencias, las similitudes genéticas entre un ratón y un humano son asombrosas y, como bien aclara el Dr. Ricardo Martínez, neurocientífico del CSIC, la estructura orgánica básica en ratones y humanos es la misma, pero a pequeña escala.


REFERENCIA

  1. McGreevy, K. R., Tezanos, P., Ferreiro-Villar, I., Pallé, A., Moreno-Serrano, M., Esteve-Codina, A., … & Montalbán, R. (2019). Intergenerational transmission of the positive effects of physical exercise on brain and cognition. Proceedings of the National Academy of Sciences, 116(20), 10103-10112.

¿CÓMO PUEDEN AFECTAR A NUESTRA SALUD DOS SEMANAS CONFINADOS EN CASA?

La reducción de la actividad física es algo habitual durante distintos procesos como enfermedades o lesiones. Aunque los modelos de reposo en cama o de inmovilización de alguna extremidad nos han proporcionado información muy valiosa sobre los efectos nocivos de la inactividad física, la reducción del número de pasos diarios (es decir, reducir los niveles de actividad física diaria), imita de manera más apropiada lo que está ocurriendo en la actualidad, donde el confinamiento al que estamos sometidos ha propiciado que los que éramos activos en nuestra vida diaria, hayamos visto drásticamente reducido nuestro nivel de actividad con los consiguientes riesgos para la salud. Así, este modelo nos permite obtener una mejor comprensión del deterioro metabólico y musculoesquelético al que nos exponemos durante la cuarentena.

¿Cómo pueden afectar a la salud estas dos semanas en las que veremos limitada nuestra actividad? Para dar respuesta a esta pregunta, podemos basarnos en un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Liverpool en el que encontramos condiciones similares a las actuales en cuanto a la reducción de los niveles de actividad física (1). Así, 45 adultos considerados físicamente activos (>10.000 pasos diarios), de los cuales 16 tenían familiares directos con diabetes mellitus tipo 2 (lo que triplica el riesgo de desarrollar la enfermedad) y 29 sin esta particularidad, redujeron durante 14 días su número de pasos diarios un 81%, viéndose afectada la actividad física moderada-vigorosa y aumentando una media de 223 minutos (casi 4 horas) su tiempo en sedentario al día. Una vez finalizado este periodo de inactividad, retomaron su actividad normal durante otros 14 días.

Después de los 14 días de reducción del número de pasos, ambos grupos mostraron una disminución en la sensibilidad a la insulina, en la capacidad cardiorrespiratoria y en la masa muscular de las extremidades inferiores, así como un aumento en la grasa corporal, en la grasa hepática y en los niveles de colesterol-LDL. Además, los individuos con riesgo de diabetes vieron aumentada un 1,5% su grasa abdominal y el nivel de triglicéridos en comparación con el resto de participantes. Tras reanudar su actividad habitual, los participantes del grupo en riesgo de diabetes tuvieron menor sensibilidad a la insulina muscular y realizaron un menor volumen de actividad vigorosa, mientras que el resto de cambios fueron revertidos sin diferencias inter-grupos.

Por lo tanto, el paso de niveles de actividad moderada-vigorosa a un comportamiento casi sedentario durante tan solo 14 días provocó importantes cambios, no solo asociados con un mayor riesgo de desarrollar futuras enfermedades metabólicas, sino también de enfermedades cardiovasculares y mortalidad. Además, es importante tener en cuenta que estos períodos agudos de inactividad son posiblemente más perjudiciales para las personas mayores que para los jóvenes. En definitiva, ante medidas como las que estamos obligados a tomar, es importante conocer también los efectos negativos que conllevan para la salud con el fin de poder aplicar desde hoy mismo las estrategias de prevención necesarias y que mañana no sea tarde.


REFERENCIA

  1. Bowden Davies, K. A., Sprung, V. S., Norman, J. A., Thompson, A., Mitchell, K. L., Halford, J. C., … & Cuthbertson, D. J. (2018). Short-term decreased physical activity with increased sedentary behaviour causes metabolic derangements and altered body composition: effects in individuals with and without a first-degree relative with type 2 diabetes. Diabetologia, 61(6), 1282-1294.

EJERCICIO FÍSICO PARA PREVENIR EL DECLIVE FUNCIONAL EN PERSONAS MAYORES HOSPITALIZADAS

Los periodos de hospitalización son un arma de doble filo en las personas mayores. Debido a los bajos niveles de actividad física que tienen estos pacientes durante su estancia, esta población sufre a menudo de un gran deterioro funcional e incluso cognitivo pese a curarse de la enfermedad que motivó el ingreso. De hecho, se estima que aproximadamente una de cada tres personas mayores sufre de discapacidad asociada a la hospitalización (HAD, por sus siglas en inglés), es decir, pérdida de la capacidad de realizar de forma independiente al menos una actividad de la vida diaria (como comer, ir al baño, vestirse o desplazarse) en el momento del alta con respecto a antes de ser hospitalizados.1

Las consecuencias del HAD son enormemente relevantes tanto para los pacientes como para sus familias o cuidadores, ya que los pacientes afectados por esta condición tienen un mayor riesgo de declive funcional, re-hospitalización y mortalidad en los meses posteriores. Por ello, son necesarias estrategias que ayuden a evitar la incidencia de HAD en esta población. Bajo este contexto, un estudio recientemente publicado por Pedro L. Valenzuela y otros miembros de CIBERFES (Centro de Investigación Biomédica en Red, Fragilidad y Envejecimiento Saludable) como los geriatras Javier Ortiz-Alonso y José Antonio Serra-Rexach o el investigador Alejandro Lucia ha evaluado el efecto de un programa de ejercicio físico en pacientes mayores hospitalizados.2

Un total de 268 pacientes (edad media 88 años) hospitalizados en el servicio de geriatría del Hospital Gregorio Marañón fueron asignados a un grupo que realizaba ejercicio durante su estancia hospitalaria (aproximadamente 20 minutos al día en los que realizaban ejercicios tan simples como levantarse y sentarse en una silla, o andar por el pasillo con o sin ayuda), o a un grupo control que recibía únicamente los tratamientos médicos convencionales. Tras el periodo de hospitalización (que tuvo una duración aproximada de una semana en ambos grupos), los resultados mostraron que aquellos pacientes que habían hecho ejercicio tenían un 70% menos riesgo de sufrir HAD.

Así, este estudio confirma la importancia de mantener unos niveles de actividad física lo más altos posibles durante los periodos de hospitalización en personas mayores, lo cual se puede conseguir incluso con ejercicios al alcance de todos como son levantarse de una silla o andar (con ayuda si es necesario). Debemos cambiar el paradigma actual en el cual se asocia la hospitalización con un periodo de inmovilización forzada. El personal sanitario debe promover la realización de ejercicio en los pacientes mayores siempre y cuando las condiciones médicas lo permitan, en vez de fomentar el clásico “reposo en cama” incluso en pacientes con total capacidad de movimiento.


REFERENCIAS

  1. Loyd C, Markland AD, Zhang Y, et al. Prevalence of Hospital-Associated Disability in Older Adults: A Meta-analysis. J Am Med Dir Assoc. 2019;In press. doi:10.1016/j.jamda.2019.09.015
  2. Ortiz-Alonso J, Bustamante-Ara N, Valenzuela PL, et al. Effect of a simple exercise programme on hospitalisation-associated disability in older patients: a randomised controlled trial. JAMDA. 2020;In press. doi:https://doi.org/10.1101/19008151

DORMIR MAL PUEDE DAÑAR A TU CORAZÓN

El descanso nocturno ejerce una gran influencia en nuestra salud, ya que durante el sueño se restablecen funciones fisiológicas esenciales para el rendimiento óptimo del organismo durante el día siguiente. Un déficit de sueño podría alterar la regulación hormonal o metabólica del cuerpo, incrementar la actividad del sistema simpático, aumentar los niveles de inflamación o desregular los ritmos circadianos naturales del cuerpo. Por ello, la falta de sueño (dormir menos de las 7–8 horas recomendadas) se ha identificado como un importante factor de riesgo de patologías como la obesidad, la diabetes o las enfermedades cardiovasculares (ECV).

Además de los tradicionales factores de riesgo, los comportamientos relacionados con el sueño y el componente genético contribuyen al desarrollo de ECV. Por ejemplo, un tiempo de sueño corto o excesivo, un cronotipo tardío, el insomnio, los ronquidos y la somnolencia diurna excesiva se asocian con un aumento del riesgo de ECV entre 10–40%. Ahora, por primera vez, en un estudio prospectivo se ha evaluado el impacto de la combinación de los patrones del sueño y la susceptibilidad genética con la incidencia de ECV (1). Se extrajeron muestras sanguíneas de más de 385,000 participantes a los que se siguió durante una media de 8.5 años y, en base a los SNP (polimorfismos de un solo nucleótido), se estableció una puntuación del riesgo genético para determinar si los participantes tenían un riesgo alto, medio o bajo de ECV.

Los resultados del estudio publicado en la revista de la Sociedad Europea de Cardiología mostraron que un patrón del sueño saludable (simbolizando a una persona ‘matutina’, que duerma 7–8 h al día, sin insomnio, ronquidos o somnolencia diurna) se asoció con menor riesgo de ECV independientemente del riesgo de ECV reportado. Es decir, incluso en aquellas personas con una alta susceptibilidad genética a las ECV, patrones del sueño saludables parecen compensarla en cierta medida. Además, vieron que los participantes con buenos hábitos de sueño tenían un 35% menos de riesgo de ECV en comparación con aquellos con patrones de sueño insalubres. A continuación, los investigadores cruzaron los datos del riesgo genético y el patrón del sueño hallando que los participantes con alto riesgo genético y malos hábitos de sueño tenían un 2,5 más de riesgo de patología coronaria y un 1,5 más de accidente cerebrovascular. Mientras, en personas con una alta susceptibilidad genética y un buen patrón del sueño, aunque las posibilidades de patología coronaria e ictus se mantenían en mayor medida (2,1 y 1,3 veces mayor, respectivamente) que en los que tenían bajo riesgo y buenos hábitos, pero descendían con respecto al caso anterior. Finalmente, aunque el riesgo genético fuera bajo, si los hábitos de sueño no eran los adecuados, las posibilidades de patología coronaria e ictus eran importantes (1,7 y 1,6 más, respectivamente) (Figura 1).

Figura 1. Asociación entre los datos del riesgo genético y el patrón del sueño para patología coronaria y accidente cerebrovascular.

Los resultados de este estudio muestran la importancia de mantener patrones del sueño saludables, ya que el no hacerlo puede tener graves consecuencias para la salud. Y es que durante el sueño ocurren cambios en la presión arterial, la frecuencia cardiaca y respiratoria, la temperatura corporal, la secreción hormonal, entre otros, con el fin de reajustar nuestras funciones corporales. Sin embargo, los hábitos actuales de una gran parte de la población les lleva a no dormir más de 6-7 horas al día con el consiguiente riesgo cardiovascular.


REFERENCIA

Fan, M., Sun, D., Zhou, T., Heianza, Y., Lv, J., Li, L., & Qi, L. (2019). Sleep patterns, genetic susceptibility, and incident cardiovascular disease: a prospective study of 385 292 UK biobank participants. European Heart Journal, 41(11), 1182-1189.

PONER EN HORA NUESTRO RELOJ BIOLÓGICO

Nuestro organismo ha desarrollado una serie de relojes biológicos sincronizados en función de señales externas como la luz, la comida, la temperatura o la actividad física.

En este periodo de cuarentena, necesario para aplanar la curva de la pandemia, nuestros relojes tienen más difícil “ponerse en hora”. Por ello, es necesario utilizar algunas estrategias que faciliten que nuestros sistemas biológicos sigan sus ritmos naturales.

  • Exponte a la luz solar durante el día en la medida de lo posible.
  • En las últimas horas del día utiliza luces más cálidas.
  • Evita usar el móvil 1 ó 2 horas antes de dormir.
  • Muévete lo máximo que puedas.
  • Intenta comer antes de las 2-3 de la tarde y cenar al menos 2 horas antes de ir a dormir.
  • Unas horas antes de dormir puedes reducir un poco la temperatura de la casa y así ayudar a tu cuerpo a reducir su temperatura.

HIGIENE DE MANOS: UN LEGADO DE SEMMELWEIS

Lavarse las manos es una medida fácil y eficaz que reduce el riesgo de enfermedades infecciosas. La higiene de manos parece algo asumido a día de hoy, pero en 1842 el riesgo de muerte después de una cirugía era elevado debido al riesgo de infección.

En 1942, el departamento de obstetricia del Hospital General de Viena se dividía en dos clínicas. La primera la formaban médicos y estudiantes que se encargaban de atender los partos mientras que en la segunda trabajaban matronas.

Semmelweis, médico de origen húngaro, observó que los pacientes atendidos en la Primera Clínica presentaban una elevada mortalidad con respecto a los de la Segunda (16% vs 7%) y postuló que se debía a que médicos y estudiantes después de volver de la sala de autopsias, a pesar de lavarse las manos con jabón, seguían oliendo a “cadáver”. En mayo de 1847, Semmelweis insistió en que tanto médicos como estudiantes y matronas se lavaran las manos con una solución de cloro antes de cada intervención. A partir de entonces, la tasa de mortalidad en la primera clínica cayó al 3% y se mantuvo baja durante años (Pittet & Boyce, 2001).

Imagen 1. Lavamanos utilizado durante la estancia de Semmelweis en el hospital de Viena en 1847 (Pittet & Boyce, 2001)

A pesar de que la medida consiguió reducir la mortalidad, sus colegas la rechazaron porque ponía el foco en los médicos. Semmelweis tuvo que dejar la clínica y volvió a su país natal, donde asumió la cátedra de Obstetricia Teórica y Practica en la Universidad de Pest en Hungría.

Esta intervención de Semmelweis representó la primera evidencia de que lavarse las manos con un agente antiséptico puede reducir la transmisión de enfermedades contagiosas de manera más efectiva que únicamente con agua y jabón. Pasados casi 180 años, esta medida sigue estando vigente y cobra más importancia en estos días en los que el Coronavirus (COVID-19) pone en jaque a los sistemas sanitarios de buena parte del mundo.


REFERENCIAS

  • Pittet, D., & Boyce, J. M. (2001). Hand hygiene and patient care: pursuing the Semmelweis legacy. The Lancet Infectious Diseases, 1, 9–20. https://doi.org/10.1016/S1473-3099(09)70295-6

RESPUESTAS FISIOLÓGICAS Y BENEFICIOS DEL EJERCICIO DURANTE EL EMBARAZO

Investigaciones recientes sugieren que el ejercicio en todas las etapas del embarazo, además de no representar ningún riesgo ni para la madre ni para el feto, es beneficioso para la salud de ambos.

El ejercicio durante el embarazo mejora la composición corporal de la madre, reduce el riesgo de sufrir enfermedades como diabetes o hipertensión gestacional, mejora la saturación de oxígeno, disminuye la acidez en la arteria umbilical, se relaciona con un tiempo de parto menor y con menos probabilidad de que éste sea por cesárea entre otros beneficios. Además, mejora la salud del feto reduciendo el riesgo de macrosomía y mejora el desarrollo del cerebro en la primera etapa de su vida.

Por otra parte, los profesionales de la salud deben conocer cuáles son las respuestas agudas que produce el ejercicio durante el embarazo para poder adaptar los programas de entrenamiento al contexto individual de cada mujer.

Por lo tanto, en base a la evidencia científica existente es importante subrayar la necesidad de que las mujeres se mantengan activas durante todo el periodo de embarazo siempre que las condiciones médicas lo permitan.

EJERCICIO DURANTE EL EMBARAZO: SEGURO Y BENEFICIOSO PARA LA MADRE Y EL NIÑO

El ejercicio físico es fundamental en cualquier etapa de la vida. Sin embargo, hay algunas situaciones en las que existe cierta reticencia a realizar ejercicio, o a prescribirlo en el caso del personal sanitario. Particularmente preocupante es el caso del embarazo, un periodo con una gran influencia en la salud actual y futura no solo de la madre, sino también del feto, pero en el cual las mujeres tienden a reducir drásticamente sus niveles de actividad física.

Un estudio recientemente publicado en la revista Journal of Clinical Medicine (1) por nuestro compañero Pedro L. Valenzuela junto con investigadores como María Perales y Alejandro Lucía analizó los efectos de realizar ejercicio en mujeres embarazadas. Para ello, más de mil mujeres fueron asignadas a dos grupos: uno que realizaba ejercicio supervisado tres veces a la semana desde la semana 9 hasta la 39 de embarazo, y otro grupo que no participó en ninguna intervención de ejercicio. Los investigadores analizaron diversas variables tanto durante el embarazo y el parto, como durante un periodo de seguimiento posterior de 6 años de media.

Los resultados mostraron que aquellas mujeres que habían participado en el programa de ejercicio tuvieron un menor riesgo (en torno a 40% menos que el grupo control) de una ganancia excesiva de peso durante el embarazo, así como un 50-60% menos riesgo de hipertensión y diabetes gestacional. Además, las mujeres que habían hecho ejercicio tuvieron mayor probabilidad de volver a su peso de antes del embarazo durante el periodo de seguimiento, y menor riesgo de sufrir enfermedades cardiometabólicas (e.g., tiroides, trombosis, insuficiencia venosa). Y los beneficios no se ciñeron solo a la madre, sino que los hijos de aquellas mujeres que habían realizado ejercicio durante el embarazo tuvieron 60% menos riesgo de nacer con macrosomía (peso excesivo en el parto) y 80% menos riesgo de tener sobrepeso u obesidad en el primer año de vida. Por último, es importante remarcar que el ejercicio resultó seguro tanto para la madre como para el niño, no modificando por ejemplo el riesgo de parto pretérmino o cesárea.

En resumen, estos resultados constatan que el ejercicio es seguro y beneficioso en las mujeres embarazadas, reduciendo en gran medida el riesgo de complicaciones que pueden aparecer tanto en la madre como en el hijo. Además, estos beneficios están presentes tanto en mujeres que han sido previamente activas como en aquellas que comienzan a hacer ejercicio durante el embarazo, lo que resalta aún más la necesidad de que cualquier mujer se mantenga activa durante el embarazo (si las condiciones médicas lo permiten) independientemente de su actividad previa.


REFERENCIA

  1. Perales M, Valenzuela PL, Barakat R, et al. Gestational Exercise and Maternal and Child Health: Effects until Delivery and at Post-Natal Follow-up. Journal of Clinical Medicine. 2020. 9, 379; doi:10.3390/jcm9020379

EL CEREBRO DE LOS BEBÉS DE MADRES ACTIVAS SE DESARROLLA MÁS RÁPIDAMENTE

En los años 80, David Barker estableció que la incidencia de algunas de las enfermedades que se dan durante la edad adulta se relaciona con la calidad del ambiente intrauterino en el que el feto se desarrolla durante las aproximadamente 40 semanas de gestación (1). Es lo que científicamente se conoce como la hipótesis de Barker. Y como afirma la Dra. María Perales, “el ejercicio físico durante el embarazo es un factor clave para asegurar la calidad del entorno intrauterino”. Sin embargo, menos del 20% de las mujeres embarazadas cumplen las recomendaciones mínimas de actividad física, con el consiguiente peligro de sobrepeso u obesidad, importante factor de riesgo en la madre y el feto durante el embarazo, el parto y el período neonatal.

Y como hemos demostrado en anteriores publicaciones, los beneficios de realizar ejercicio físico durante el embarazo no solo se limitan a la salud de la madre, sino también a la del bebé. Ahora, investigadores de la Universidad de Montreal (Canadá) han encontrado un nuevo beneficio para los recién nacidos que se suma a los ya descritos en la literatura científica. Los autores del estudio midieron el impacto del ejercicio físico durante el embarazo sobre el desarrollo del cerebro neonatal (2). Para ello, 18 mujeres fueron asignadas aleatoriamente a partir del 2º trimestre de embarazo a un grupo de ejercicio (realizaron 20 minutos de actividad cardiovascular 3 veces por semana) o uno de control que no realizó ningún tipo de actividad física planificada y estructurada.

Una vez que las mujeres dieron a luz, se evaluó mediante electroencefalograma la actividad cerebral de los recién nacidos entre su 8º y 15º día de vida. Para medir la actividad eléctrica de su cerebro, los investigadores colocaron 124 electrodos en la cabeza de los niños y, una vez dormidos, se midió la memoria auditiva a través de la respuesta inconsciente del cerebro a los nuevos sonidos. Lo más llamativo de los resultados es que los bebés de las madres que habían realizado ejercicio físico a partir del 2º trimestre de embarazo tuvieron un desarrollo cerebral más maduro, lo que demuestra que sus cerebros se desarrollaron más rápidamente en esa 1ª etapa de la vida. Lo interesante ahora sería comprobar si este efecto puede tener continuidad a largo plazo.

Por lo tanto, una vez que la evidencia ha demostrado que el embarazo, más allá de ciertas contraindicaciones ginecológicas u obstétricas, no debe suponer una etapa de inactividad o confinamiento, hallazgos como los encontrados en este estudio deben calar y orientar las intervenciones de salud pública hacia la promoción de estilos de vida activos, ya que el solo hecho de hacer ejercicio durante el embarazo puede marcar de por vida a sus hijos.


REFERENCIAS

  1. Barker, D. J., Osmond, C., Golding, J., Kuh, D., & Wadsworth, M. E. (1989). Growth in utero, blood pressure in childhood and adult life, and mortality from cardiovascular disease. British Medical Journal, 298(6673), 564-567.
  2. Labonte-Lemoyne, E., Curnier, D., & Ellemberg, D. (2017). Exercise during pregnancy enhances cerebral maturation in the newborn: a randomized controlled trial. Journal of Clinical and Experimental Neuropsychology, 39(4), 347-354.

MECANISMOS ANTITUMORALES DEL EJERCICIO

Cuando realizamos ejercicio se liberan a la sangre una serie de hormonas y miocinas que tienen efectos anti-proliferativos y anti-inflamatorios que ayudan a reducir el riesgo de tener cáncer. En diversos estudios recientes se ha analizado la capacidad que tiene el ejercicio de modular el ambiente tumoral en pacientes, reduciendo la hipoxia, los niveles de lactato intratumoral y aumentando el flujo sanguíneo al tumor, lo que ayudaría a mejorar la movilización de células inmunitarias.

Un estudio1 publicado en la revista Cell en el que participó la investigadora Bente K. Pedersen evaluó la actividad antitumoral del ejercicio. Los investigadores utilizaron varios tipos de tumores y vieron cómo en los ratones que realizaban ejercicio se atenuaba el crecimiento tumoral (alrededor de un 60%) en comparación con aquellos que no se ejercitaban.

Uno de los mecanismos que podría explicar esta reducción fue el aumento de la infiltración de células NK o Natural Killer en el tumor. Estas células del sistema inmunitario tienen una gran capacidad antitumoral, lo que ayudaría a combatir la proliferación celular. Además, parece que la movilización de estas células vino mediada por un aumento de la liberación de la miocina IL-6 por el músculo y de la epinefrina por las glándulas suprarrenales.

A pesar de que son resultados prometedores y ayudarían a entender mejor los mecanismos por los cuales el ejercicio puede reducir el ambiente y crecimiento tumoral, los resultados en modelos animales no se pueden extrapolar completamente a humanos. Los modelos de inoculación tumoral usados en ratones no reflejan totalmente la fisiología del cáncer, por lo que se debe seguir investigando con el objetivo de entender cómo el ejercicio puede ejercer su actividad anticancerígena en un ambiente clínico.

REFERENCIA

  • Pedersen, L., Idorn, M., Olofsson, G. H., Lauenborg, B., Nookaew, I., Hansen, R. H., … & Nielsen, J. (2016). Voluntary running suppresses tumor growth through epinephrine-and IL-6-dependent NK cell mobilization and redistribution. Cell metabolism23(3), 554-562.