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EL ENTRENAMIENTO DE FUERZA REDUCE LA MORTALIDAD EN SUPERVIVIENTES DE CÁNCER

Un estudio que incluyó a 2.863 supervivientes de cáncer, examinó la asociación entre el entrenamiento de fuerza y la mortalidad por cualquier causa. Se concluyó que entrenar fuerza al menos una vez a la semana reduce un 33% la mortalidad, evidenciando el beneficio de tener unos niveles de fuerza altos en supervivientes de cáncer.

LA IMPORTANCIA DEL PRINCIPIO DE INDIVIDUALIZACIÓN EN EL ENTRENAMIENTO EN NIÑOS CON CÁNCER

Cada vez es mayor la evidencia que apoya el papel de realizar ejercicio físico después del diagnóstico de un cáncer pediátrico con el objetivo de minimizar los efectos secundarios de las terapias anti-cáncer. Recientemente se han publicado dos meta-análisis que muestran cómo realizar ejercicio durante el tratamiento produce beneficios sobre la movilidad funcional y la capacidad cardiorrespiratoria en esta población (1, 2).

Un estudio (3) realizado por miembros de Fissac junto con expertos como Alejandro Lucía y Carmen Fiuza-Luces ha analizado la variabilidad interindividual a un programa de entrenamiento concurrente (aeróbico + fuerza) en 24 niños/as con tumores sólidos (10 años de media) durante la fase de la quimioterapia neoadyuvante. El programa de entrenamiento incluyó 3 sesiones/semana durante 19±8 semanas. Se evalúo la respuesta individual de los participantes en pruebas de fuerza muscular, movilidad funcional y capacidad cardiorrespiratoria.

La mayoría de los participantes mejoraron su rendimiento en las pruebas de fuerza, con el 80, 88 y 93% de los participantes mostrando una respuesta positiva en press de banca sentado, remo sentado y prensa de piernas, respectivamente. Sin embargo, en las pruebas de movilidad funcional y capacidad cardiorrespiratoria menos del 50% respondieron positivamente. Por otra parte, se observó que los nonresponders (los que no mostraron ninguna mejora o presentaron una respuesta negativa al ejercicio) fueron los que lograron mejores resultados en las evaluaciones iniciales, es decir, los responders (aquellos que sí mejoraron) fueron los que peor estaban al inicio del estudio. Por último, se encontró que, en 5 de las 6 pruebas evaluadas (press de pecho, remo sentado, 3-meter Timed Up and Go, Timed Up and Down Stairs y prueba de esfuerzo máxima), cuanto peores eran los resultados obtenidos al inicio del estudio, mayores mejoras se consiguieron.

En resumen, se vuelve a confirmar la necesidad de realizar ejercicio físico durante el tratamiento del cáncer pediátrico en base a los beneficios obtenidos sobre la fuerza muscular. Sin embargo, el bajo porcentaje de responders para movilidad funcional y capacidad cardiorespiratoria nos demuestra que un mismo programa de ejercicio no es adecuado para cualquier individuo, sino que hemos de poner el énfasis en la importancia de la individualización del entrenamiento. Así, la aplicación de un estímulo de entrenamiento mayor (es decir, una mayor intensidad y/o volumen) podría maximizar la capacidad de respuesta en estos pacientes.


REFERENCIAS

  1. Morales, J. S., Valenzuela, P. L., Rincón-Castanedo, C., Takken, T., Fiuza-Luces, C., Santos-Lozano, A., & Lucia, A. (2018). Exercise training in childhood cancer: a systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Cancer Treatment Reviews, 70:154-167.
  2. Bourdon, A., Grandy, S. A., & Keats, M. R. (2018). Aerobic exercise and cardiopulmonary fitness in childhood cancer survivors treated with a cardiotoxic agent: a meta-analysis. Supportive Care in Cancer, 26(7):2113-2123.
  3. Morales, J. S., Padilla, J. R., Valenzuela, P. L., Santana-Sosa, E., Rincón-Castanedo, C., Santos-Lozano, A., … & Lucia, A. (2018). Inhospital Exercise Training in Children With Cancer: Does It Work for All?. Frontiers in Pediatrics, 6:404.

LOS BENEFICIOS DE REALIZAR EJERCICIO FÍSICO DURANTE TODA LA VIDA EN LA VEJEZ

La población sigue envejeciendo progresivamente como consecuencia de un descenso de la natalidad y un aumento de la esperanza de vida. Uno de los problemas asociados a este envejecimiento es que el aumento en la esperanza de vida no va asociado necesariamente a una mejor calidad de vida, es decir, muchas veces esos años ‘extra’ no son precisamente unos años en los que nuestras condiciones físicas y mentales nos permitan disfrutar. Vivimos más, pero a su vez sufrimos de una mayor incidencia de enfermedades relacionadas con la edad como la sarcopenia o enfermedades neurodegenerativas (ej. Alzheimer).

Realizar ejercicio físico durante toda la vida parece ser una estrategia eficaz para atenuar o incluso evitar estos efectos del envejecimiento, como confirman estudios muy recientes. Un meta-análisis que incluyó 55 estudios observó que las personas con más de 60 años y que llevaban al menos 20 años entrenando presentaban un consumo de oxígeno y una fuerza similares a las de jóvenes sanos, y mejores que el de personas mayores que no realizaban ejercicio (Mckendry et al. 2018). De forma similar, un estudio muy reciente publicado en la revista Aging Cellha mostrado como las personas mayores (55-79 años) que han mantenido un alto nivel de actividad física durante toda su vida (26 años de experiencia media en ciclismo) no presentan prácticamente ningún empeoramiento asociado al envejecimiento en las propiedades musculares (composición, tipo y tamaño de fibras musculares, así como contenido mitocondrial) (Pollock et al. 2018). Por último, otro estudio ha confirmado recientemente que las personas mayores que realizan ejercicio durante toda su vida (personas de más de 70 años que habían realizado más de 50 años de ejercicio aeróbico) disminuyen el deterioro en la capacidad cardiorrespiratoria y evitan la reducción en capilaridad muscular y actividad enzimática, manteniéndose estas variables similares a las de personas jóvenes entrenadas (Gries et al. 2018).

Aunque nunca es tarde y se pueden obtener beneficios incluso a la más avanzada edad, cada vez más evidencia apoya el papel de realizar ejercicio durante toda la vida y especialmente de mantenerlo al llegar a la vejez.

REFERENCIAS

  • Gries KJ, Raue U, Perkins RK, et al (2018) Cardiovascular and skeletal muscle health with lifelong exercise. J Appl Physiol 125:1636–1645. doi: 10.1152/japplphysiol.00174.2018
  • Mckendry J, Breen L, Shad BJ, Greig CA (2018) Muscle morphology and performance in master athletes: A systematic review and meta-analyses. Ageing Res Rev 45:62–82. doi: 10.1016/j.arr.2018.04.007
  • Pollock RD, O’Brien KA, Daniels LJ, et al (2018) Properties of the vastus lateralis muscle in relation to age and physiological function in master cyclists aged 55–79 years. Aging Cell. doi: 10.1111/acel.12735

COSTE ECONÓMICO MUNDIAL DE LA INACTIVIDAD FÍSICA

Un estudio analizó los gastos sanitarios de 142 países derivados de cardiopatías, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo II, cáncer de mama y cáncer de colon atribuibles a la inactividad física. La inactividad física costó a los sistemas de salud mundiales $53.800 millones en 2013. Estos datos proporcionan una razón adicional para priorizar la promoción de actividad física en todo el mundo.

LA CAPACIDAD CARDIORRESPIRATORIA, PREDICTOR A LARGO PLAZO DEL RIESGO DE CÁNCER

La capacidad cardiorrespiratoria (CRF) es un potente e independiente predictor de riesgo de enfermedad cardiovascular (CVD) y de mortalidad por cualquier causa tanto en población sana como con patología. Sujetos con una baja CRF (por debajo de 8 METs) tienen casi dos veces mayor riesgo de CVD y muerte por cualquier causa que los que tienen una alta CRF (por encima de 11 METs). En cambio, la evidencia es menor a la hora de justificar el papel de la CRF como predictor de riesgo de cáncer.

Por otro lado, como resultado del envejecimiento de la población y el hecho de que la mayoría de los diagnósticos de cáncer se produzcan a partir de los 65 años, se estima que la incidencia de cáncer aumentará aproximadamente un 45% durante las próximas dos décadas (1). Asimismo, la evidencia es cada vez mayor respecto a la influencia que ejerce el estilo de vida previo a un diagnóstico de cáncer y el posterior transcurso de la enfermedad. De hecho, el índice de masa corporal y el nivel de actividad física que se tienen antes del diagnóstico son fuertes predictores de mortalidad por cáncer. Sin embargo, hasta la fecha no se había analizado si, en personas aparentemente sanas de mediana edad, medidas objetivas relacionadas con el ejercicio físico, como por ejemplo la CRF, son predictivas del riesgo de cáncer, así como del riesgo de mortalidad por cualquier causa post-diagnóstico.

Por ello, un estudio (3) analizó la relación entre la CRF en 13900 hombres de mediana edad (49 años de media) y el riesgo de desarrollo y de muerte por cáncer a partir de los 65 años. Los participantes fueron distribuidos en función de su CRF en tres grupos:

i) el 20% del total de sujetos con menor CRF fueron incluidos en el grupo de baja CRF (con una media grupal de 8.4 METs);

ii) el 40% siguiente fue clasificado en el grupo de moderada CRF (media de 10.4 METs).

iii) el 40% con mayor CRF fue incluido en el grupo de alta CRF (media de 13 METs).

Los resultados mostraron que tener una alta CRF supuso una reducción del 55 y del 44% en el riesgo de cáncer de pulmón y colorrectal, respectivamente, en comparación con quienes tuvieron baja CRF. Sin embargo, no existió relación con el cáncer de próstata. Otro hallazgo clave fue el observado entre la CRF y el riesgo de muerte por cualquier causa en hombres diagnosticados de cáncer a partir de los 65 años. Así, comparados con el grupo de baja CRF, una alta CRF se asoció con una reducción del 36 y del 69% del riesgo de muerte por cáncer y por CVD, respectivamente, entre quienes habían sido diagnosticados de cáncer.

En resumen, estos resultados sirven para enfatizar realmente el valor predictivo de la CRF sobre la incidencia y la mortalidad por cáncer, lo que conlleva importantes implicaciones para la salud pública. Por tanto, a través de una prueba de esfuerzo, los profesionales sanitarios dispondrán de un nuevo factor de riesgo objetivo y modificable que puede predecir la aparición de futuros cánceres. Por último, se requieren estudios que evalúen la relación, a largo plazo, entre la CRF y el riesgo de cáncer en las mujeres.


REFERENCIAS

  1. Smith, B. D., Smith, G. L., Hurria, A., Hortobagyi, G. N., & Buchholz, T. A. (2009). Future of cancer incidence in the United States: burdens upon an aging, changing nation. Journal of Clinical Oncology, 27(17), 2758-2765.
  2. Pal, S. K., Katheria, V., & Hurria, A. (2010). Evaluating the older patient with cancer: understanding frailty and the geriatric assessment. CA: a Cancer Journal for Clinicians, 60(2), 120-132.
  3. Lakoski, S. G., Willis, B. L., Barlow, C. E., Leonard, D., Gao, A., Radford, N. B., … & Jones, L. W. (2015). Midlife cardiorespiratory fitness, incident cancer, and survival after cancer in men: the cooper center longitudinal study. JAMA Oncology, 1(2), 231-237.

¿CÓMO DISMINUIR EL RIESGO DE CARDIOTOXICIDAD EN SUPERVIVIENTES DE CÁNCER PEDIÁTRICO?

El porcentaje de niños y adolescentes que viven más de 5 años tras un diagnóstico de cáncer se ha incrementado hasta el 80% en los últimos años (1). Pese a ello, los supervivientes de cáncer pediátrico de larga duración (más de 5 años desde el diagnóstico) están expuestos a un mayor riesgo de mortalidad prematura y efectos negativos a corto y largo plazo como consecuencia de la enfermedad y de los tratamientos. De hecho, tienen 5 veces más riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular que la población sin una historia previa de cáncer (2).

Las antraciclinas son uno de los fármacos estrella dentro de los tratamientos contra el cáncer debido a su efectividad. Sin embargo, a determinadas dosis, presentan un alto riesgo de cardiotoxicidad (condición en la que es dañado el músculo cardíaco). Las estrategias utilizadas hasta hoy para prevenir la cardiotoxicidad secundaria a las antraciclinas han sido fundamentalmente farmacológicas y se han dirigido al tratamiento de factores de riesgo cardiovascular como la hipertensión, al uso de derivados de las antraciclinas y/o a la administración de cardioprotectores como el dexrazoxano. No obstante, su limitado éxito y los factores adversos asociados a cualquier tratamiento farmacológico nos llevan a buscar estrategias alternativas como puede ser el caso del ejercicio físico (3).

Sin embargo, la evidencia en relación a los efectos del ejercicio sobre parámetros cardiotóxicos en supervivientes de cáncer pediátrico es escasa. Un reciente estudio comparó en primer lugar la función cardíaca evaluada mediante ecocardiografía de un grupo de supervivientes de cáncer pediátrico de larga duración (21 años de edad durante el estudio y 16 años desde que habían sido diagnosticados) que habían sido tratados con antraciclinas durante su enfermedad y un grupo de sujetos sanos pareados por edad y género. Mientras que parámetros de la función sistólica como la fracción de acortamiento y la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (VI) no presentaron diferencias entre ambos grupos, marcadores de la función diastólica del VI se encontraron alterados en el grupo de supervivientes. Posteriormente, se instruyó al grupo de supervivientes para que realizaran un programa de entrenamiento concurrente (fuerza + aeróbico) en casa durante 16 semanas, 3-4 veces/semana. Transcurrido el periodo de ejercicio, varios parámetros de la función diastólica del VI, aunque no todos, mejoraron con respecto a la evaluación previa (4).

Por tanto, estos resultados nos permiten hacer dos reflexiones: 1) la importancia de la realización de ejercicio físico en cualquier etapa (antes-durante-después) del cáncer con el objetivo de minimizar los efectos cardiotóxicos de las antraciclinas; y, 2) nunca es tarde para empezar a entrenar, como acabamos de ver en jóvenes adultos supervivientes de cáncer pediátrico que comenzaron a hacer ejercicio incluso varios años después de recibir el tratamiento con antraciclinas.


REFERENCIAS

  1. San Juan, A.F., Wolin, K., and Lucía, A. (2011). Physical activity and pediatric cancer survivorship. Recent Results Cancer Res 186, 319-347. doi: 10.1007/978-3-642-04231-7_14.2.
  2. Tukenova, M., Guibout, C., Oberlin, O., Doyon, F., Mousannif, A., Haddy, N., … & Winter, D. (2010). Role of cancer treatment in long-term overall and cardiovascular mortality after childhood cancer. Journal of Clinical Oncology, 28(8), 1308-1315.
  3. Chen, J. J., Wu, P. T., Middlekauff, H. R., & Nguyen, K. L. (2017). Aerobic exercise in anthracycline-induced cardiotoxicity: a systematic review of current evidence and future directions. American Journal of Physiology-Heart and Circulatory Physiology, 312(2), H213-H222.
  4. Järvelä, L. S., Saraste, M., Niinikoski, H., Hannukainen, J. C., Heinonen, O. J., Lähteenmäki, P. M., … & Kemppainen, J. (2016). Home‐Based Exercise Training Improves Left Ventricle Diastolic Function in Survivors of Childhood ALL: A Tissue Doppler and Velocity Vector Imaging Study. Pediatric blood & cancer, 63(9), 1629-1635.

LA MEDICINA ALTERNATIVA AUMENTA EL RIESGO DE MUERTE EN PACIENTES CON CÁNCER

Un estudio reciente que analizó a casi 2 millones de pacientes con cáncer halló que el uso de medicina complementaria entre pacientes con cáncer se asoció con un rechazo del tratamiento y con un riesgo de muerte dos veces mayor comparado con los pacientes que siguieron tratamientos convencionales.

¿SOMOS CONSCIENTES DE NUESTROS PROBLEMAS DE PESO?

Como ya hemos insistido en innumerables ocasiones, la obesidad se está convirtiendo en una de las principales epidemias en los países desarrollados. El sobrepeso y la obesidad están asociados a un mayor riesgo de sufrir patologías como diabetes, hipertensión, o algunos tipos de cáncer, aumentando así el riesgo de mortalidad. Por lo tanto, su prevención debe ser un objetivo clave en la salud pública.

Sin embargo, y pese a los graves perjuicios que el sobrepeso y la obesidad pueden tener en la salud, en algunos sectores se está promocionando una “normalización” de estas condiciones. Por ejemplo, en algunos países a las tallas más grandes les “restan” algunos números para no dañar la autoestima de los compradores. De forma similar, algunos anuncios televisivos tratan de positivizar el sobrepeso. Estas estrategias sumadas al hecho de que cada vez es más común ver personas con sobrepeso (aproximadamente 1 de cada 4 adultos tiene obesidad) hace que podamos tener una conciencia equivocada de nuestros problemas de peso.

Para determinar si realmente somos conscientes de nuestro peso, un estudio (Muttarak, 2018) evaluó a 23459 personas con sobrepeso (en este caso entendido como índice de masa corporal > 25). Los autores observaron que entre 1997 y 2015 el porcentaje de personas que estaba “equivocada” respecto a su sobrepeso aumentó del 37 al 40% en hombres y del 17 al 19% en mujeres, siendo las personas con menor nivel de estudios y peor status socioeconómico los menos conscientes de su sobrepeso. En consecuencia, aquellas personas menos conscientes de su sobrepeso eran un 85% menos propensas a incluir estrategias para controlarlo (Ej. dieta, ejercicio).

En resumen, la prevalencia de sobrepeso aumenta de forma exponencial, y una causa puede ser que 2-4 de cada 10 personas no es consciente de que lo tiene. Olvidándonos de los motivos estéticos (que deben ser olvidados), el sobrepeso se asocia con un mayor riesgo de morbimortalidad, y por lo tanto debemos crear conciencia de esta problemática y desarrollar estrategias para evitarlo.


REFERENCIA

Muttarak, R. (2018) Normalization of Plus Size and the Danger of Unseen Overweight and Obesity in England. Obesity. 26:1125-1129.

RIESGO DE CÁNCER DE MAMA EN PROFESORAS DE EDUCACIÓN FÍSICA VS PROFESORAS DE LENGUA

En una anterior publicación, vimos como los conductores de los autobuses de Londres tenían mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares que los que iban cobrando los tickets dentro de los autobuses, asociándose este menor riesgo a desarrollar enfermedad cardiovascular con el hecho de que los segundos debían andar subiendo y bajando las escaleras de los típicos autobuses londinenses de dos plantas, realizando por tanto mayor actividad física.

Otros estudios han tratado de seguir verificando la hipótesis de que el mayor nivel de actividad física inherente a ciertas profesiones se asocia a un menor riesgo de enfermedad. Así, investigadores finlandeses compararon el riesgo de cáncer de mama entre profesoras de educación física y profesoras de lengua de similar clase social y estilo de vida, pero claramente discordantes en el nivel de actividad física tanto durante sus estudios universitarios como durante los años en los que desempeñaban su profesión (1).

La comparación de los dos grupos de profesoras mostró que las de educación física tuvieron un riesgo de cáncer de mama menor en comparación con las de lengua. Así, durante los 33 años de seguimiento (1967-2000), 61 de las 32.862 profesoras de educación física y 404 de las 177.188 profesoras de lengua desarrollaron la patología. Además, en una sub-cohorte de 185 profesoras de lengua y 202 de educación física, el 30% de éstas últimas realizaron más de 1h de actividad física 2-3 veces por semana, mientras que solo el 10% de las de lengua alcanzaron tal volumen de actividad física semanal.

En definitiva, la realización de actividad física a lo largo de la vida ejercería efecto protector frente a las principales enfermedades occidentales, siendo necesarias, por tanto, nuevas estrategias de promoción de la actividad física frente a los hábitos de vida sedentarios que predominan principalmente entre los más jóvenes.


REFERENCIAS

1. Rintala, P., Pukkala, E., Läärä, E., & Vihko, V. (2003). Physical activity and breast cancer risk among female physical education and language teachers: A 34‐year follow‐up. International Journal of Cancer, 107(2), 268-270.