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EL EJERCICIO, BENEFICIOSO PARA LA PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO DEL ALZHEIMER

La población envejece a pasos agigantados como consecuencia de una mayor esperanza de vida y una menor tasa de natalidad. Sin embargo, esto trae como consecuencia un aumento en la incidencia de patologías relacionadas con la edad como el Alzheimer. El Alzheimer es la principal causa de demencia. Aproximadamente 40 millones de personas sufren esta enfermedad en el mundo, y se estima que la incidencia se va a duplicar en los próximos 20 años [1]. Además, esta enfermedad supone un gran gasto económico tanto para los sistemas sanitarios (en Estados Unidos se invirtieron aproximadamente 226 billones de dólares en el año 2015 para el tratamiento de personas con demencia) como para las familias, que tienen que invertir tiempo y dinero en el cuidado de los allegados que sufren esta patología.

Las graves consecuencias tanto a nivel de salud como económico muestran que la prevención del Alzheimer -o el tratamiento en el caso de sufrir ya esta patología- debe ser un objetivo claro, pero la evidencia en torno a posibles intervenciones farmacológicas que puedan aportar beneficios es muy escasa. Por el contrario, cada vez existe mayor conocimiento sobre los beneficios del ejercicio físico.

Un meta-análisis reciente mostró que la actividad física regular reduce la degeneración que ocurre con el envejecimiento en el volumen del hipocampo, una de las zonas cerebrales involucradas en la neuroplasticidad [2]. Así, el ejercicio podría tener un efecto ‘protector’ contra el Alzheimer, como confirma un meta-análisis que mostró que cumplir con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (>150 minutos/semana de actividad física moderada o 75 minutos/semana de actividad física intensa) reduce en un 40% el riesgo de sufrir esta enfermedad [3]. Además, el ejercicio ha mostrado no solo prevenir el Alzheimer sino también mejorar (o atenuar su disminución) el deterioro cognitivo en pacientes ya afectados. Por ejemplo, un reciente meta-análisis que incluyó a más de mil pacientes (edad media de 77 años) mostró que los pacientes con Alzheimer o deterioro cognitivo que realizaban en torno a 3 sesiones de entrenamiento a la semana (especialmente ejercicio aeróbico) mejoraban su función cognitiva, mientras que los que no realizaban ejercicio la empeoraban [4].

Por lo tanto, más allá de las posibles estrategias farmacológicas que puedan desarrollar para el tratamiento de esta enfermedad, el ejercicio físico debe jugar un papel fundamental no solo en personas sanas para la prevención del deterioro cognitivo sino también en personas que ya sufren Alzheimer por los beneficios que puede aportar a nivel de forma física y salud mental.


REFERENCIAS

[1]      Scheltens P, Blennow K, Breteler MMB, de Strooper B, Frisoni GB, Salloway S, et al. Alzheimer’s disease. Lancet 2016;388:505–17.

[2]      Firth J, Stubbs B, Vancampfort D, Schuch F, Lagopoulos J, Rosenbaum S, et al. Effect of aerobic exercise on hippocampal volume in humans: A systematic review and meta-analysis. Neuroimage 2018;166:230–8.

[3]      Santos-Lozano A, Pareja-Galeano H, Sanchis-Gomar F, Quindós-Rubial M, Fiuza-Luces C, Cristi-Montero C, et al. Physical Activity and Alzheimer Disease: A Protective Association. Mayo Clin Proc 2016;91:999–1020. doi:10.1016/j.mayocp.2016.04.024.

[4]      Panza GA, Taylor BA, MacDonald H V., Johnson BT, Zaleski AL, Livingston J, et al. Can Exercise Improve Cognitive Symptoms of Alzheimer’s Disease? J Am Geriatr Soc 2018;66:487–95. doi:10.1111/jgs.15241.

LOS BENEFICIOS DE REALIZAR EJERCICIO FÍSICO DURANTE TODA LA VIDA EN LA VEJEZ

La población sigue envejeciendo progresivamente como consecuencia de un descenso de la natalidad y un aumento de la esperanza de vida. Uno de los problemas asociados a este envejecimiento es que el aumento en la esperanza de vida no va asociado necesariamente a una mejor calidad de vida, es decir, muchas veces esos años ‘extra’ no son precisamente unos años en los que nuestras condiciones físicas y mentales nos permitan disfrutar. Vivimos más, pero a su vez sufrimos de una mayor incidencia de enfermedades relacionadas con la edad como la sarcopenia o enfermedades neurodegenerativas (ej. Alzheimer).

Realizar ejercicio físico durante toda la vida parece ser una estrategia eficaz para atenuar o incluso evitar estos efectos del envejecimiento, como confirman estudios muy recientes. Un meta-análisis que incluyó 55 estudios observó que las personas con más de 60 años y que llevaban al menos 20 años entrenando presentaban un consumo de oxígeno y una fuerza similares a las de jóvenes sanos, y mejores que el de personas mayores que no realizaban ejercicio (Mckendry et al. 2018). De forma similar, un estudio muy reciente publicado en la revista Aging Cellha mostrado como las personas mayores (55-79 años) que han mantenido un alto nivel de actividad física durante toda su vida (26 años de experiencia media en ciclismo) no presentan prácticamente ningún empeoramiento asociado al envejecimiento en las propiedades musculares (composición, tipo y tamaño de fibras musculares, así como contenido mitocondrial) (Pollock et al. 2018). Por último, otro estudio ha confirmado recientemente que las personas mayores que realizan ejercicio durante toda su vida (personas de más de 70 años que habían realizado más de 50 años de ejercicio aeróbico) disminuyen el deterioro en la capacidad cardiorrespiratoria y evitan la reducción en capilaridad muscular y actividad enzimática, manteniéndose estas variables similares a las de personas jóvenes entrenadas (Gries et al. 2018).

Aunque nunca es tarde y se pueden obtener beneficios incluso a la más avanzada edad, cada vez más evidencia apoya el papel de realizar ejercicio durante toda la vida y especialmente de mantenerlo al llegar a la vejez.

REFERENCIAS

  • Gries KJ, Raue U, Perkins RK, et al (2018) Cardiovascular and skeletal muscle health with lifelong exercise. J Appl Physiol 125:1636–1645. doi: 10.1152/japplphysiol.00174.2018
  • Mckendry J, Breen L, Shad BJ, Greig CA (2018) Muscle morphology and performance in master athletes: A systematic review and meta-analyses. Ageing Res Rev 45:62–82. doi: 10.1016/j.arr.2018.04.007
  • Pollock RD, O’Brien KA, Daniels LJ, et al (2018) Properties of the vastus lateralis muscle in relation to age and physiological function in master cyclists aged 55–79 years. Aging Cell. doi: 10.1111/acel.12735

EJERCICIO FÍSICO EN PERSONAS MUY MAYORES: NUNCA ES DEMASIADO TARDE

La población está envejeciendo de forma exponencial, lo cual es provocado tanto por un aumento en la esperanza de vida como por un descenso de la natalidad. Aunque el aumento de la esperanza de vida es algo positivo, está dando lugar también a una mayor incidencia de enfermedades asociadas a la vejez como el Alzheimer o la fragilidad. De hecho, se considera que casi 3 de cada 4 personas mayores de 90 años pueden ser consideradas frágiles [1].

Ya hemos comentado en numerosas ocasiones los beneficios que el ejercicio físico puede aportar en la prevención de multitud de patologías, y la fragilidad no es una excepción. Mucho se habla de cómo realizar ejercicio a lo largo de la vida puede atenuar los efectos de la edad. De hecho, un meta-análisis muy reciente [2]que incluyó 23 estudios y casi 175,000 participantes concluyó que la realización de actividad física se relaciona con un envejecimiento saludable, entendido como ser capaz de mantener la funcionalidad mental y física a una avanzada edad. Sin embargo, a menudo somos poco conscientes de los beneficios que puede aportar el ejercicio físico incluso a muy avanzada edad en personas previamente sedentarias.

Un estudio publicado por el grupo del Dr. Alejandro Lucía [3]mostró como el ejercicio puede aportar beneficios incluso en personas mayores de 90 años que estaban en residencias. Los pacientes fueron asignados a un grupo control que mantuvo su actividad rutinaria (incluyendo algunos ejercicios de movilidad o estiramientos que hacían con sus terapeutas dos días a la semana), o a un grupo que realizó ejercicios 3 veces a la semana durante 45-50 minutos incluyendo pedaleo en una bicicleta estática y entrenamiento de fuerza (prensa de pierna y pesas o gomas elásticas para miembros superiores). Los resultados mostraron como, tras 8 semanas de entrenamiento, el grupo ejercicio mejoró en un 17% su fuerza de miembros inferiores, mientras que no hubo cambios en el grupo control.

Así, éste y otros estudios realizados incluso en personas mayores hospitalizadas [4]confirman que el ejercicio físico es beneficioso a cualquier edad, por lo que siempre que haya un control médico adecuado no debemos tener miedo a incluir programas de ejercicio sencillos y adaptados en esta población: Nunca es tarde para aprovecharse de los beneficios del ejercicio.


REFERENCIAS

  1. Gale CR, Cooper C, Sayer AA ihie. Prevalence of frailty and disability: findings from the English Longitudinal Study of Ageing. Age Ageing. 2015;44:162–5.
  2. Daskalopoulou C, Stubbs B, Kralj C, Koukounari A, Prince M, Prina AM. Physical activity and healthy ageing: A systematic review and meta-analysis of longitudinal cohort studies. Ageing Res. Rev. [Internet]. Elsevier B.V.; 2017;38:6–17. Available from: http://dx.doi.org/10.1016/j.arr.2017.06.003
  3. Serra-Rexach JA, Bustamante-Ara N, Hierro Villarán M, González Gil P, Sanz Ibáñez MJ, Blanco Sanz N, et al. Short-term, light- to moderate-intensity exercise training improves leg muscle strength in the oldest old: A randomized controlled trial. J. Am. Geriatr. Soc. 2011;59:594–602.
  4. Martínez-Velilla N, Cadore EL, Casas-Herrero, Idoate-Saralegui F, Izquierdo M. Physical activity and early rehabilitation in hospitalized elderly medical patients: Systematic review of randomized clinical trials. J. Nutr. Heal. Aging. 2016;20:738–51.

¿QUÉ RELACIÓN TIENEN EL VO2MAX Y LA LONGITUD DE LOS TELÓMEROS?

Cada vez es mayor la evidencia que muestra una asociación entre el acortamiento de la longitud telomérica y un mayor riesgo de enfermedades relacionadas con la edad como las cardiovasculares, la diabetes tipo II y la aterosclerosis, y una mayor mortalidad; mientras que el ejercicio regular y una elevada capacidad cardiorrespiratoria –evaluada como VO2max- se asocian con mejor salud y mayor supervivencia.

Sin embargo, hasta ahora, la relación entre el ejercicio y el VO2max con la longitud de los telómeros era inconsistente, ya que en algunos estudios se sugería un efecto protector de los primeros sobre los segundos, y en otros, por el contrario, no se hallaba tal efecto.

Por ello, un reciente estudio piloto (1) trató de evaluar si la longitud del telómero está asociada con el ejercicio físico cardiovascular, además de analizar la relación entre el VO2max y la longitud telomérica. Participaron 10 jóvenes (22-27 años) y 10 mayores (66-77 años), de los que 5 de cada grupo eran atletas de resistencia y 5 eran deportistas recreacionales. A todos ellos se les extrajeron biopsias musculares, para la medición de la longitud relativa del telómero calculada como el número de copia repetida del telómero/número de copia del único gen (ratio T/S), y se les sometió a una prueba de esfuerzo incremental.

En los jóvenes, el VO2max fue de 67,0±5,3 ml/kg/min para los atletas de resistencia, y de 53,9±5,5 ml/kg/min para los recreacionales, mientras que en los mayores, el VO2max para los atletas de resistencia y los deportistas recreacionales fue de 45,4±6,7 y 39,4±5,6 ml/kg/min, respectivamente. Además se encontró que el grupo de mayores entrenados tenía un ratio T/S mayor –indicador de mayor longitud telomérica- que los menos entrenados, no encontrándose diferencias entre los jóvenes. Por último, se halló una asociación positiva entre el ratio T/S y el VO2max (Fig. 1), existiendo una fuerte correlación para los atletas de resistencia, pero relativamente débil para los deportistas recreacionales.

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Figura 1. Relación entre la longitud telomérica –evaluada como ratio T/S- y el VO2max en jóvenes y mayores.

Por tanto, observamos cómo la longitud de los telómeros se encuentra mejor preservada en los mayores entrenados en resistencia en comparación con los entrenados recreacionalmente, mostrando que en los mayores el entrenamiento regular se relaciona con la longitud telomérica. Este dato junto con la asociación positiva que se produce entre el VO2max y la longitud del telómero, revelarían una significancia clínica respecto a un mejor estado de salud y una mayor longevidad.

En definitiva, el ejercicio físico regular parece producir un retraso del proceso de envejecimiento biológico preservando la longitud de los telómeros y promoviendo el conocido como efecto “anti-aging”, siendo el VO2max un marcador representativo de la calidad del envejecimiento.


REFERENCIA

  1. Østhus, I. B. Ø., Sgura, A., Berardinelli, F., Alsnes, I. V., Brønstad, E., Rehn, T., … & Nauman, J. (2012). Telomere length and long-term endurance exercise: does exercise training affect biological age? A pilot study. PloS One, 7(12), e52769.

LA LACTANCIA MATERNA CONDICIONA LA FORMA EN LA QUE ENVEJECEMOS

Son sobradamente conocidos los beneficios de la lactancia materna durante los primeros meses de vida. Así, se relaciona con un menor riesgo de obesidad, de diabetes tipo II y de enfermedad cardiovascular durante la edad adulta. Sin embargo, los mecanismos que subyacen a esta relación no están del todo definidos, debiéndose presumiblemente a la gama de componentes bioactivos presentes en la leche materna, pero ausentes de la leche de fórmula.

Además estudios previos ha mostrado que la nutrición en las primeras etapas de la vida es fundamental para el desarrollo posterior, siendo éste especialmente sensible a variaciones en la ingesta nutricional en estas etapas. Por ejemplo, en el Healthy Lifestyle in Europe by Nutrition in Adolescence se halló que los adolescentes que habían recibido lactancia materna durante un mayor periodo de tiempo tenían mayor fuerza explosiva en los miembros inferiores (1).

Sin embargo, hasta ahora se desconocía la relación entre la alimentación durante los primeros meses de vida y la fuerza muscular en un momento clave como es a partir de los 65, puesto que es entonces cuando se producen las mayores pérdidas de masa y fuerza muscular secundarias a la edad.

Por ello, un estudio (2) analizó el efecto del tipo de lactancia recibida durante el periodo neonatal sobre la fuerza de agarre en 1.414 mujeres y 1.569 hombres mayores de 65 años. El 60% de los participantes recibieron únicamente lactancia materna, el 31% leche de fórmula alternada con lactancia materna y el 9% solamente leche de fórmula.

Sorprendentemente, entre los hombres estudiados se halló que la fuerza de agarre se relacionó con el tipo de alimentación recibida, de tal manera que haber recibido durante un mayor periodo de tiempo lactancia materna en la infancia se asoció con una mayor fuerza de agarre en la vida adulta. Esta asociación fue independiente del peso al nacer, del crecimiento del bebé, de la altura, de la dieta seguida y del nivel de actividad física. En contraste, el tipo de lactancia en la infancia no se relacionó con la fuerza de agarre entre las mujeres estudiadas.

Entre los principales mecanismos que se barajan, existe alguna evidencia de que la leche materna se une a menores niveles de proteína C-reactiva en el futuro (3), indicando un claro efecto protector frente a estados de inflamación de bajo grado como el que se produce durante la sarcopenia. Un segundo posible mecanismo se relacionaría con el efecto que la lactancia materna produce a largo plazo sobre la función endotelial. De acuerdo con esta hipótesis, en un estudio llevado a cabo entre adultos, la dilatación mediada por flujo –indicador de la función endotelial- fue mayor entre los hombres que habían recibido lactancia materna en comparación con los que habían sido alimentados con leche de fórmula (4).

Por tanto, estos resultados sugieren que la alimentación neonatal puede tener efectos durante toda la vida sobre la función muscular en los hombres y que una mayor exposición a la leche materna en la infancia se asocia con una mayor fuerza de agarre, datos de especial relevancia clínica ya que los niveles de fuerza muscular son predictores de la funcionalidad y la mortalidad en los mayores.


REFERENCIAS

  1. Artero, E. G., Ortega, F. B., España‐Romero, V., Labayen, I., Huybrechts, I., Papadaki, A., … & Manios, Y. (2010). Longer breastfeeding is associated with increased lower body explosive strength during adolescence. The Journal of Nutrition, 140(11), 1989-1995.
  2. Robinson, S. M., Simmonds, S. J., Jameson, K. A., Syddall, H. E., Dennison, E. M., Cooper, C., & Sayer, A. A. (2012). Muscle strength in older community-dwelling men is related to type of milk feeding in infancy. The Journals of Gerontology Series A: Biological Sciences and Medical Sciences, 67(9), 990-996.
  3. Singhal, A., Cole, T. J., Fewtrell, M., & Lucas, A. (2004). Breastmilk feeding and lipoprotein profile in adolescents born preterm: follow-up of a prospective randomised study. The Lancet, 363(9421), 1571-1578.
  4. Järvisalo, M. J., Hutri-Kähönen, N., Juonala, M., Mikkilä, V., Räsänen, L., Lehtimäki, T., … & Raitakari, O. T. (2009). Breast feeding in infancy and arterial endothelial function later in life. The Cardiovascular Risk in Young Finns Study. European Journal of Clinical Nutrition, 63(5), 640-645.

LAS PERSONAS MAYORES DEPORTISTAS RETRASAN LOS EFECTOS DEL ENVEJECIMIENTO SOBRE LA MASA MUSCULAR

El envejecimiento se asocia a una serie de cambios que incluyen entre otros una pérdida de masa y fuerza muscular, proceso denominado sarcoponia. Se ha descrito que entre los 40 y los 50 años se pierde aproximadamente un 8% de masa muscular, acelerándose este proceso hasta un 15% por década a partir de los 75 años. Debido a las importantes funciones de la masa muscular en el organismo, la sarcopenia supone grandes perjuicios para la salud, aumentando la prevalencia de morbi-mortalidad y disminuyendo, por tanto, la calidad de vida.

Esta degeneración muscular se ha asociado tradicionalmente al envejecimiento per se, influyendo factores como los cambios hormonales (disminución de testosterona, menopausia, etc). Sin embargo, un grupo de investigación (1) quiso evaluar si la sarcopenia podría deberse a la disminución de actividad física que suelen presentar las personas mayores, y no ser una consecuencia inevitable del envejecimiento. Para ello, evaluaron a 40 deportistas máster (hombres y mujeres) que entrenaban 4 o 5 días por semana, los cuales fueron divididos en grupos de edad comprendidos entre 40 y más de 70 años.

Curiosamente, los resultados mostraron que, al contrario de lo tradicionalmente observado en sujetos sedentarios, en atletas máster no había diferencias en la masa muscular total ni en el área muscular del muslo entre los sujetos de los distintos grupos de edad, ni siquiera en los mayores de 70 años. Además, tampoco se encontraron diferencias en la cantidad de grasa intramuscular o subcutánea, algo que sí se observa normalmente en sujetos mayores sedentarios. No obstante, otros cambios no pudieron ser totalmente revertidos, ya que los sujetos mayores de 70 años presentaban un 20% de disminución del área total del cuádriceps comparado con los sujetos de entre 40 y 60 años. También se encontró una disminución de la fuerza muscular asociada con la edad aunque sólo a partir de los 60 años, algo que ocurre mucho antes en sujetos sedentarios. Además, no sólo se retrasó esa pérdida de fuerza muscular, sino  que no se encontraron diferencias entre las edades comprendidas entre 60 y 80 años, lo que muestra que, una vez que se dio esa disminución inicial, los sujetos fueron capaces de mantenerla.

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Fig. 1. La figura muestra la sección trasversal del cuádriceps de un triatleta de 70 años y un hombre sedentario de 74 años. Se observa una importante disminución de masa muscular y un aumento de grasa intramuscular y subcutánea en el sujeto sedentario.

Estos resultados muestran que la sarcopenia asociada al envejecimiento puede ser evitada o al menos reducida mediante la realización de ejercicio físico durante toda la vida, confirmándose así que la disminución de actividad física es una de las principales causas de la pérdida de masa y función muscular. De nuevo, el ejercicio físico se muestra como esencial para el mantenimiento de la salud a cualquier edad, y muy especialmente en las personas mayores.


REFERENCIA

  1. Wroblewski, AP, Amati, F, Smiley, MA, Goodpaster, B, and Wright, V. Chronic exercise preserves lean muscle mass in masters athletes. Phys Sportsmed 39: 172–8, 2011.Available from: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22030953

CREATINA, MUCHO MÁS QUE UN SUPLEMENTO PARA DEPORTISTAS

La creatina es un compuesto natural sintetizado a partir de 3 aminoácidos: arginina, glicina y metionina. Puede obtenerse de forma endógena, ya que el cuerpo es capaz de sintetizar una pequeña parte, mientras que el resto ha de aportarse de manera exógena, principalmente a través de alimentos como la carne y el pescado o de suplementación.

Dado que el 95% de las reservas de creatina se encuentran en el músculo esquelético (el 5% restante se halla en el cerebro, el hígado, los testículos y los riñones), la suplementación con creatina en la dieta ha sido tradicionalmente asociada a atletas y culturistas con el objetivo de aumentar la potencia, la fuerza y la masa muscular (1, 2).

El organismo tiene una capacidad limitada para la síntesis de creatina endógena. Por tanto, para conseguir un mayor incremento de sus niveles se tendrá que recurrir a la alimentación o a los suplementos dietéticos. Sin embargo, una vez alcanzada la concentración máxima de creatina en la célula muscular, la cual es de 160 mmol/kg, desaparecen los efectos beneficiosos asociados a su producción (1).

De forma similar a lo que ocurre con otros suplementos, un elevado aporte exógeno de creatina (como ocurre con la suplementación) puede disminuir la síntesis endógena de la misma. No obstante, este proceso se revierte una vez finalice la suplementación. Además, el tener pocos efectos secundarios no deseados, la convierte en un suplemento dietético de primera elección para los deportistas que pretendan obtener mejoras en su rendimiento.

Sin embargo, en la actualidad, ha emergido un nuevo rol de la creatina (3) proponiéndose que podría desempeñar un importante papel como método de prevención o retraso de la aparición de enfermedades asociadas al envejecimiento, donde se ha observado que los niveles de creatina se van reduciendo especialmente en el músculo esquelético.

La creatina puede ser fácilmente transportada a través de la barrera hematoencefálica, por lo que se sugiere que la suplementación exógena de creatina podría aumentar las concentraciones en el cerebro, donde la síntesis endógena será menor conforme la persona vaya envejeciendo. Por tanto, en los trastornos neurodegenerativos la creatina podría ayudar a retardar la progresión de la enfermedad.

En este sentido, la creatina ha demostrado ejercer propiedades antioxidantes sobre el cerebro, reducir la fatiga mental y protegerlo frente a la neurotoxicidad secundaria a ciertos tratamientos además de mejorar componentes relacionados con los trastornos neurológicos como la depresión y el trastorno bipolar. En resumen, la combinación de todos estos beneficios ha convertido a la creatina en una de las terapias líderes en la lucha contra las enfermedades y trastornos asociados con el envejecimiento del cerebro, como el Parkinson, la enfermedad de Huntington, la esclerosis lateral amiotrófica y los accidentes cerebrovasculares.


REFERENCIAS

  1. Harris, R. C., Söderlund, K., & Hultman, E. (1992). Elevation of creatine in resting and exercised muscle of normal subjects by creatine supplementation. Clinical Science, 83(3), 367-374.
  2. Greenhaff, P. L., Casey, A., Short, A. H., Harris, R., Soderlund, K., & Hultman, E. (1993). Influence of oral creatine supplementation of muscle torque during repeated bouts of maximal voluntary exercise in man. Clinical Science, 84(5), 565-571.
  3. Smith, R. N., Agharkar, A. S., & Gonzales, E. B. (2014). A review of creatine supplementation in age-related diseases: more than a supplement for athletes. F1000Research, 3(222).

SARCOPENIA, FIBRAS TIPO II Y EJERCICIO EN MAYORES

Uno de los estados patológicos asociados al envejecimiento es la pérdida progresiva de fuerza y masa muscular, conocida como sarcopenia, atribuida principalmente a una reducción en el tamaño de las fibras tipo II.

Pues bien, para corroborar esto, un grupo de investigadores del Centro Médico Universitario de Maastricht llevó a cabo un estudio donde, en primer lugar, se midió el área de la sección transversal del cuádriceps y el tamaño de las fibras musculares tipo I y II en dicho músculo tanto en jóvenes (23 años de media) como en mayores (71 años de media). El tamaño de las fibras tipo II fue un 29% menor en el grupo de mayores, mientras que el número de estas fibras no presentó diferencias entre grupos.

Estos resultados aclararían que la diferencia respecto a la cantidad de masa muscular entre ambos grupos se debería a la desigualdad en el tamaño, y no en el número, de las fibras tipo II.

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Figura 1. Imágenes tomadas por escáner del muslo de los jóvenes (A) y de los mayores (B). En azul está representado el cuádriceps y en azul + rojo el área muscular completa del muslo en jóvenes (C) y adultos (D).

Posteriormente, el grupo de mayores llevó a cabo un programa de entrenamiento de fuerza durante 6 meses (3 sesiones semanales) con el fin de observar el efecto sobre el área de la sección transversal del cuádriceps.

La parte central del entrenamiento comprendía los ejercicios de prensa de piernas y extensión de rodillas en máquina a intensidad creciente de manera progresiva (empezando por 4 series de 10-15 repeticiones al 60% hasta llegar a 4 series de 8 repeticiones al 75-80% de 1-RM al final del periodo de entrenamiento).

Una vez transcurridos los 6 meses, se produjo un incremento del 9% en el área de la sección transversal del cuádriceps, cambio que se debería a una hipertrofia específica de las fibras tipo II.

fissac _ cuádriceps _ fibras musculares

Figura 2. Área de la sección transversal del cuádriceps antes del entrenamiento (blanca) y después del entrenamiento (negra).

Estos resultados son de vital importancia ya que la sarcopenia producida durante el envejecimiento suele ir acompañada de una pérdida de funcionalidad con el subsiguiente incremento en riesgo de caídas y fracturas, y de un aumento en el riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas.

Por tanto, revertir o frenar la atrofia de las fibras musculares tipo II debería considerarse un objetivo primario para el desarrollo de estrategias que tengan como fin la prevención o el tratamiento de la sarcopenia.


REFERENCIA

Nilwik, R., Snijders, T., Leenders, M., Groen, B. B., van Kranenburg, J., Verdijk, L. B., and van Loon, L. J. (2013) The decline in skeletal muscle mass with aging is mainly attributed to a reduction in type II muscle fiber size. Experimental gerontology48 (5), 492-498.

ESTRÉS OXIDATIVO Y ENVEJECIMIENTO, ¿EJERCICIO, SÍ O NO?

El estrés oxidativo es la consecuencia de un desequilibrio entre la generación de especies oxidantes provenientes del oxígeno o el nitrógeno (especies reactivas de oxígeno y nitrógeno, RONS) y la capacidad antioxidante del organismo (Figura 1).

Dentro de estos prooxidantes, los radicales libres son especies químicas que poseen un electrón desapareado en su orbital externo, confiriéndole gran capacidad para reaccionar con un elevado número de moléculas de todo tipo (lípidos, proteínas, carbohidratos y ADN), oxidándolas y, por tanto, dañando sus estructuras.

En los sistemas vivos, este delicado equilibrio (producción de radicales libres frente al sistema de defensa antioxidante) sirve para determinar el estado redox intracelular, el cual juega un papel clave en la optimización de la función celular.

Se ha evidenciado que el ejercicio agudo supone un estrés físico para el organismo, ya que numerosos estudios han demostrado que los biomarcadores de estrés oxidativo se incrementan después de una sesión de ejercicio, aeróbico o anaeróbico. Sin embargo, a largo plazo, el aumento en RONS originado por el ejercicio induce el fenómeno de hormesis (algo que en pequeñas cantidades es beneficioso, pero que en grandes es perjudicial), es decir, en respuesta a la exposición repetida a dichos factores de estrés, el cuerpo sufre adaptaciones favorables que, a su vez, generan un mejor rendimiento fisiológico y una equilibrada salud física (1).

Por tanto, un adecuado nivel de producción de RONS favorecería una salud óptima, mientras que un excesivo o insuficiente nivel resultaría en daño oxidativo, lo que promovería el desarrollo de un deficitario estado de salud y/o enfermedades.

En general, el desequilibrio de la balanza a favor de las especies reactivas (Figura 1) fomentará un entorno más oxidante, el cual se asocia con el desarrollo de numerosos estados patológicos, además de favorecer los procesos de envejecimiento (1).

Figura 1. Estrés oxidativo. El desequilibrio entre las especies oxidantes y el sistema de defensa antioxidante marcará el desarrollo del proceso de envejecimiento.

Tanto es así que, en los años 50, fue propuesta la “Teoría de los radicales libres en el envejecimiento”, por la que este proceso sería el resultado de una inadecuada protección contra el daño producido en los tejidos por los RONS. Esto es, los sistemas antioxidantes no serían capaces de contrarrestar todos los radicales libres generados durante la vida de la célula, dando lugar a daño oxidativo en ella y, por lo tanto, en los tejidos, favoreciendo el envejecimiento del organismo (2).

Fissac _ Envejecimiento y estrés oxidativo

Figura 2. Proceso de envejecimiento del ser humano.

En este caso, uno de los métodos que parece promover un aumento de la protección antioxidante es la realización de actividad física moderada de forma regular (Figura 3). Así, se espera que esta promoción del sistema de defensa antioxidante observada con el entrenamiento regular modifique el equilibrio redox, favoreciendo condiciones de reducción, lo que explicaría algunos de los efectos beneficiosos del ejercicio sobre la salud (1).

Fissac _ Ejercicio, estrés oxidativo

Figura 3. Resumen de las interacciones entre el ejercicio físico regular, el estrés oxidativo y el envejecimiento.

En una próxima entrada hablaremos del posible efecto negativo de la suplementación con antioxidantes sobre la promoción del sistema de defensa antioxidante como respuesta adaptativa del organismo frente al ejercicio moderado.

REFERENCIAS:

  1. Fisher-Wellman, K., & Bloomer, R. J. (2009). Acute exercise and oxidative stress: a 30 year history. Dynamic Medicine8 (1), 1.
  2. Vina, J., Borras, C., Sanchis-Gomar, F., E Martinez-Bello, V., Olaso-Gonzalez, G., Gambini, J., … & Carmen Gomez-Cabrera, M. (2014). Pharmacological properties of physical exercise in the elderly. Current pharmaceutical design,20 (18), 3019-3029.