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LA ACTIVIDAD FÍSICA REDUCE EL RIESGO DE MORTALIDAD ASOCIADA A LA FRAGILIDAD COGNITIVA

En publicaciones anteriores, hemos visto algunos de los problemas asociados a la edad, como es el caso del Alzheimer. Otros indicadores de envejecimiento, como el deterioro cognitivo y la fragilidad física, se asocian con un elevado riesgo de hospitalización, discapacidad y mortalidad (1). Ambos comparten algunos mecanismos adversos, como alteraciones cerebrales, desregulación hormonal, inflamación crónica y estrés oxidativo. De hecho, la fragilidad física se suele relacionar con deterioro cognitivo, demencia y Alzheimer. Por este motivo, se ha establecido el concepto de fragilidad cognitiva como una manifestación clínica heterogénea caracterizada por la presencia simultánea de fragilidad física y deterioro cognitivo, en ausencia de demencia.

Ahora, por primera vez, un estudio liderado por los investigadores Irene Esteban-Cornejo y Francisco B. Ortega, de la Universidad de Granada, ha evaluado si la actividad física podría atenuar, y hasta qué punto, el efecto de la fragilidad cognitiva en la mortalidad (2). Durante un seguimiento medio de 14 años, se analizó una cohorte representativa (n=3677 participantes) de la población española no institucionalizada de ≥60 años (72 años de media). A través de la escala FRAIL y el Mini-Mental State Examination se valoró la fragilidad física y el deterioro cognitivo, respectivamente.

El estudio ha demostrado que la fragilidad cognitiva ejerce un mayor riesgo de mortalidad en las personas inactivas, pero es que además ser físicamente activo puede reducir el riesgo de mortalidad entre los individuos cognitivamente frágiles en un 36%. Otro hallazgo clínicamente relevante ha mostrado que, en comparación con aquellos que eran robustos y activos, los participantes con fragilidad cognitiva e inactivos tenían el mayor riesgo de mortalidad, equivalente a tener 6,8 años más de edad cronológica.

Finalmente, estos resultados vuelven a dejar clara la importancia de la actividad física como estrategia para mejorar la supervivencia entre los adultos mayores y, en este caso en particular, entre los mayores cognitivamente frágiles. Por tanto, desde una perspectiva de salud pública, promover un estilo de vida físicamente activo podría ser una de las estrategias fundamentales en la lucha contra la mortalidad asociada a la fragilidad cognitiva.


REFERENCIAS

  1. Panza, F., Lozupone, M., Solfrizzi, V., Sardone, R., Dibello, V., Di Lena, L., … & Quaranta, N. (2018). Different cognitive frailty models and health-and cognitive-related outcomes in older age: from epidemiology to prevention. Journal of Alzheimer’s disease, 62(3), 993-1012.
  2. Esteban-Cornejo, I., Cabanas-Sánchez, V., Higueras-Fresnillo, S., Ortega, F. B., Kramer, A. F., Rodriguez-Artalejo, F., & Martinez-Gomez, D. (2019, March). Cognitive Frailty and Mortality in a National Cohort of Older Adults: the Role of Physical Activity. Mayo Clinic Proceedings [Epub ahead of print].

COSTE ECONÓMICO MUNDIAL DE LA INACTIVIDAD FÍSICA

Un estudio analizó los gastos sanitarios de 142 países derivados de cardiopatías, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo II, cáncer de mama y cáncer de colon atribuibles a la inactividad física. La inactividad física costó a los sistemas de salud mundiales $53.800 millones en 2013. Estos datos proporcionan una razón adicional para priorizar la promoción de actividad física en todo el mundo.

INACTIVIDAD FÍSICA Y REPOSO EN CAMA, PÉRDIDA DE MASA MUSCULAR

La pérdida de masa muscular es sinónimo de pérdida de fuerza, aumento del riesgo de lesiones y caídas y un importante predicador de mortalidad.
Los periodos de inactividad física tienen consecuencias muy negativas tanto en personas jóvenes, adultas y ancianas. Durante este periodo se produce una reducción de la síntesis proteica y una pérdida drástica de masa muscular, disminuyendo por ello la capacidad funcional.
En estas circunstancias, propias de personas mayores hospitalizadas y personas que han sufrido lesiones graves, es necesario combatir esta pérdida de masa muscular con un aumento de la ingesta proteica así como incorporar ejercicio físico, siempre que el paciente pueda.

ESTRATEGIAS PARA COMBATIR LA INACTIVIDAD FÍSICA EN LOS MAYORES

Los periodos de inactividad como los que ocurren durante hospitalizaciones o periodos de enfermedad conllevan importantes consecuencias en cualquier población, pero especialmente en personas mayores.

Por ejemplo, un reciente estudio (McGlory et al., 2017) evaluó el efecto de dos semanas de reducción de actividad física en la salud de personas mayores (69 años de media). Los pacientes, que tenían sobrepeso y eran considerados pre-diabéticos (perfil cada vez más habitual en personas de esa edad), redujeron durante dos semanas el número de pasos a menos de 1.000 al día, y después volvieron a su nivel de actividad física habitual (en torno a 7.000 pasos al día) durante otras dos semanas. Los resultados mostraron un importante empeoramiento de la sensibilidad a la insulina durante el periodo de inactividad, que no consiguió recuperarse en las dos semanas posteriores. Además, la síntesis proteica (un marcador de atrofia muscular) también disminuyó al reducir la actividad física, y no se recuperó tras dos semanas de vuelta a su actividad normal.

Éste y otros estudios confirman los peligrosos efectos de disminuir el nivel de actividad física durante periodos tan cortos como dos semanas, incluyendo entre otros un empeoramiento de la salud metabólica, pérdida de funcionalidad y atrofia muscular. Sin embargo, como resume una revisión publicada en Aging Research Reviews por miembros de Fissac junto con expertos como Alejandro Lucía o Mikel Izquierdo (Valenzuela et al., 2018), tenemos a nuestra disposición diferentes estrategias para evitarlo.

Si el paciente puede realizar ejercicio físico, se pueden obtener beneficios con métodos tan sencillos como levantarse de la silla a la máxima velocidad posible, ejercicios con gomas, o contracciones isométricas, lo que permite su ejecución en habitaciones de hospital o incluso durante periodos de inmovilización. Realizar ejercicio aeróbico ya sea andando o pedaleando (existen pedalinas que se pueden colocar en posición tumbado) también reduce la pérdida de funcionalidad que acompaña a estos periodos de inactividad. Además, la combinación de estas estrategias junto con restricción de flujo sanguíneo puede maximizar los beneficios. Incluso en aquellas situaciones en las que el paciente no puede realizar ejercicio podemos tratar de evitar las consecuencias de la inactividad, pues la electro-estimulación y la vibración nos permiten “simular” contracciones voluntarias, con los consiguientes beneficios a nivel muscular, óseo y metabólico.

Por lo tanto, debemos tener conciencia de las consecuencias negativas de la inactividad física incluso durante periodos cortos de tiempo, algo excesivamente común sobre todo en hospitales o residencias. El papel de los profesionales del ejercicio físico en este contexto es primordial, ya que tienen a su disposición numerosas estrategias para evitar el deterioro funcional que conllevan.


REFERENCIAS

  • McGlory, C., von Allmen, M. T., Stokes, T., Morton, R. W., Hector, A. J., Lago, B. A., … Newman, A. (2017). Failed Recovery of Glycemic Control and Myofibrillar Protein Synthesis With 2 wk of Physical Inactivity in Overweight, Prediabetic Older Adults. The Journals of Gerontology: Series A, 00(00), 1–8. https://doi.org/10.1093/gerona/glx203
  • Valenzuela, P. L., Morales, J. S., Pareja-Galeano, H., Izquierdo, M., Emanuele, E., de la Villa, P., & Lucia, A. (2018). Physical strategies to prevent disuse-induced functional decline in the elderly. Ageing Research Reviews, 47(July), 80–88. https://doi.org/10.1016/J.ARR.2018.07.003

EL PELIGRO DE LA INACTIVIDAD Y EL ROL DE LA MIOSTATINA EN LA ATROFIA MUSCULAR

La recuperación de una enfermedad o de una lesión requiere a menudo de un período de inactividad muscular (por ejemplo, reposo en cama o inmovilización de alguna extremidad). Una de las consecuencias principales de la inactividad será la atrofia del músculo esquelético que, a su vez, va a provocar deterioro de la función muscular y el metabolismo, disminución de la sensibilidad a la insulina y mayor acumulación de grasa.

Estudios recientes hablan de que periodos de tan solo 4 días de inmovilización de una extremidad provocan reducciones significativas de la capacidad funcional en personas mayores (1, 2). Sin embargo, poco se sabe sobre el efecto de cortos periodos de inactividad (< 7 días) sobre la estructura y la función de la masa músculo-esquelética.

La masa muscular es el resultado del equilibrio entre síntesis y degradación proteica. Así, la atrofia muscular producida como consecuencia de periodos prolongados de inactividad (> 10 días) se atribuye a una disminución de la síntesis de proteínas, sin aparentes cambios sobre la degradación proteica, mientras que en periodos de menor duración se cree que, en este caso sí, la degradación proteica juega un papel importante. Además, la miostatina, la cual actúa como limitante del crecimiento muscular, desarrolla su acción sobre la síntesis de proteínas y la miogénesis, pero también sobre la degradación proteica.

Recientemente se ha publicado un estudio (3) en el que se analizó el impacto de 5 y 14 días de inmovilización de una pierna sobre el músculo esquelético y la miostatina en 24 sujetos sanos (23±1 años) que no realizaban ningún tipo de programa de entrenamiento físico previo.

Tras los respectivos periodos de inmovilización, en ambos grupos se redujo significativamente el área de sección transversal del músculo cuádriceps, 3.5±0,5% y 8.4±2.8%, después de los 5 y 14 días respectivamente. Curiosamente, al valorar de forma específica el recto femoral, se observó que no se atrofió en ninguno de los dos grupos. Además, se produjo una reducción de 9.0±2.3% y 22.9±2.6% en los niveles de fuerza muscular de la pierna inmovilizada tras los 5 y 14 días de inmovilización, respectivamente, lo que implica un devastador efecto sobre la capacidad funcional

Por último, se obtuvo un incremento significativo del 68% y 54% en la miostatina después de los 5 y 14 días de inactividad, respectivamente, consecuente con el descenso de la masa muscular observado, lo cual muestra el papel que desempeña la miostatina en la regulación de la masa muscular a través de la inhibición de los factores de regulación miogénica.

En conclusión, periodos de inmovilización conducen a una rápida pérdida de la masa y la función muscular, observándose una importante atrofia tras solo 5 días de inactividad. Por ello, durante la recuperación de una enfermedad o una lesión que requiera un período de desuso muscular, es fundamental el llevar a cabo estrategias de intervención no farmacológicas (por ejemplo, nutricionales, como la suplementación con creatina, y físicas mediante contracciones isométricas, las cuales han demostrado ser efectivas) con el objetivo de prevenir o minimizar la atrofia muscular y la pérdida de capacidad funcional.


REFERENCIAS

  1. Hvid, L. G., Suetta, C., Aagaard, P., Kjaer, M., Frandsen, U., & Ørtenblad, N. (2013). Four days of muscle disuse impairs single fiber contractile function in young and old healthy men. Experimental Gerontology, 48(2), 154-161.
  2. Suetta, C., Frandsen, U., Jensen, L., Jensen, M. M., Jespersen, J. G., Hvid, L. G., … & Heinemeier, K. M. (2012). Aging affects the transcriptional regulation of human skeletal muscle disuse atrophy. PloS One, 7(12), e51238.
  3. Wall, B. T., Dirks, M. L., Snijders, T., Senden, J. M., Dolmans, J., & Loon, L. J. C. (2014). Substantial skeletal muscle loss occurs during only 5 days of disuse. Acta Physiologica, 210(3), 600-611.