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SUPLEMENTOS PARA AUMENTAR LA MASA Y LA FUERZA MUSCULAR ¿TODOS FUNCIONAN?

Mantener unos niveles adecuados de masa y fuerza muscular es esencial tanto para un óptimo rendimiento deportivo como para la salud. Por ejemplo, la masa muscular está involucrada en diferentes funciones como el metabolismo de la glucosa o el mantenimiento de un mayor metabolismo basal, las cuales juegan un papel fundamental en el desarrollo de patologías como la diabetes o la obesidad. Además, bajos niveles de fuerza se asocian a importantes eventos negativos sobre todo en poblaciones clínicas como en las personas con cáncer o las personas mayores, incluyendo una menor funcionalidad, menor calidad de vida e incluso un mayor riesgo de mortalidad. Ante tal situación, son numerosos los suplementos alimenticios comercializados bajo su supuesto potencial para mejorar la masa o la fuerza muscular, aunque hay una gran controversia sobre su efectividad. Por ello, una reciente revisión realizada por miembros de Fissac y publicada en la revista European Journal of Nutrition (Valenzuela et al. 2019) ha revisado la evidencia en torno algunos de los suplementos más populares.

En concreto, se analizaron más de 20 tipos de suplementos alimenticios que incluían desde proteínas o creatina hasta vitaminas, minerales, suplementos herbales u otros compuestos como la glutamina, la arginina o el resveratrol. Llamó la atención que, de todos los suplementos incluidos, tan solo el nitrato (que aumenta la vasodilatación y por tanto el aporte de oxígeno y nutrientes a los músculos) y la cafeína (que aumenta la activación del sistema nervioso y parece reducir la sensación de dolor) mostraron suficiente evidencia respaldando sus beneficios agudos -es decir, inmediatamente tras su toma- en la fuerza muscular. Por otro lado, solo el consumo a largo plazo de creatina, proteínas y ácidos grasos poliinsaturados mostró suficiente evidencia que apoyase sus beneficios a largo plazo en la masa o la fuerza muscular.

Por el contrario, se observó una gran controversia en torno a otros suplementos populares incluyendo aminoácidos ramificados, ATP[PL1] , citrulina, HMB[PL2] , minerales (magnesio, zinc y cromo), vitaminas, ácido fosfatídico y arginina; y no se encontró evidencia que apoyase de forma consistente la suplementación con ácido linoleico conjugado, glutamina, resveratrol, tribulus terrestris o ácido ursólico. De hecho, algunos suplementos comercializados directamente carecen de evidencia que apoye su consumo (como la ornitina o el alfa-ketoglutarato), no se conocen con detalle sus posibles efectos adversos (como la ornitina, ácido linoleico conjugado o ácido ursólico), y otros han sido asociados a diversos efectos adversos al ser consumidos en grandes dosis (como el tribulus terrestris, la arginina, o el alfa-ketoglutarato). 

En resumen, pese a la gran cantidad de suplementos nutricionales disponibles, tan solo una mínima parte tiene suficiente evidencia que apoye su consumo para favorecer el aumento de la masa o la fuerza muscular. Es importante ser críticos a la hora de decidir qué estrategias nutricionales llevamos a cabo, ya no solo por la inefectividad y coste económico de muchos de estos suplementos, sino también por los posibles efectos adversos asociados.


Referencias

Valenzuela PL, Morales JS, Emanuele E, Pareja-Galeano H, Lucia A (2019) Supplements with purported effects on muscle mass and strength. European Journal of Nutrition. Jan 2. doi: 10.1007/s00394-018-1882-z.

 

 

RELACIÓN ENTRE EL CONSUMO DE DISTINTOS TIPOS DE GRASA Y LA MORTALIDAD

Un estudio de cohortes que analizó a 126.233 personas durante 32 años, concluyó que un mayor consumo de grasas saturadas y grasas trans se asoció con un aumento del 10-20% de la mortalidad, mientras que un mayor consumo de grasas poliinsaturadas y grasas monoinsaturadas se asoció con menor mortalidad. Reemplazar el 5% de la energía con grasas poliinsaturadas y grasas monoinsaturadas se asoció con reducciones en la mortalidad total de 27% y 13%, respectivamente.

LA OBESIDAD, UN PROBLEMA A RESOLVER DESDE LA MÁS TEMPRANA EDAD

La obesidad es ya considerada una de las grandes epidemias del siglo XXI debido a su relación con multitud de patologías (incluyendo enfermedades cardiovasculares, metabólicas y algunos tipos de cáncer) y por ende con un mayor riesgo de mortalidad. Por ello, es importante conocer no solo métodos para su prevención y/o tratamiento en edad adulta, sino también posibles factores de riesgo desde la más temprana edad.

Como muestra una revisión sistemática que incluyó 25 estudios longitudinales, los niños y adolescentes con sobrepeso tienen aproximadamente entre 2 y 10 veces más riesgo de tener sobrepeso u obesidad al llegar a adultos que aquellos que tienen un peso normal (Singh et al., 2008). Además, una revisión que incluyó 37 estudios mostró que un índice de masa corporal elevado durante la infancia se relaciona con una mayor incidencia de diabetes, enfermedad coronaria y diversos tipos de cáncer en la edad adulta (Llewellyn et al., 2016).

En este sentido, un estudio recientemente publicado que incluyó casi 20 mil niños nacidos en el año 2000 (Gray et al., 2018)confirmó la importancia del estilo de vida a nivel familiar en el riesgo de sobrepeso de los niños, aumentando esta influencia según aumenta la edad de los mismos. En concreto, se observó que la alimentación, el nivel de ejercicio y el peso de los padres aumentaba en gran medida el riesgo de sobrepeso de los hijos. Además, curiosamente se observó que el sobrepeso de la madre era un reflejo prácticamente perfecto del estilo de vida (alimentación y ejercicio) de la familia, explicando un 93.5% de la varianza.

A menudo pensamos que el sobrepeso es solo problemático en la edad adulta. Sin embargo, estos resultados muestran la relevancia de evitar el sobrepeso desde la más temprana edad. Para ello es importante implementar acciones a largo plazo y a nivel global, es decir, no sólo centradas en el niño, ya que el entorno familiar es probablemente el que ejerce una mayor influencia.


REFERENCIAS

Gray, L. A., Hernandez Alava, M., Kelly, M. P., and Campbell, M. J. (2018). Family lifestyle dynamics and childhood obesity: Evidence from the millennium cohort study. BMC Public Health18, 1–15. doi:10.1186/s12889-018-5398-5.

Llewellyn, A., Simmonds, M., Owen, C. G., and Woolacott, N. (2016). Childhood obesity as a predictor of morbidity in adulthood: A systematic review and meta-analysis. Obes. Rev.17, 56–67. doi:10.1111/obr.12316.

Singh, A. S., Mulder, C., Twisk, J. W. R., Van Mechelen, W., and Chinapaw, M. J. M. (2008). Tracking of childhood overweight into adulthood: A systematic review of the literature. Obes. Rev.9, 474–488. doi:10.1111/j.1467-789X.2008.00475.x.

¿ES SEGURO CONSUMIR MUCHAS PROTEÍNAS?

Las proteínas son probablemente el suplemento más popular entre los deportistas, ya que favorecen la recuperación tras el entrenamiento y el aumento de masa muscular. Además, su uso está cada vez más extendido en otras poblaciones como las personas mayores, en las que se recomienda aumentar la ingesta de este macronutriente para prevenir la atrofia muscular asociada a la edad.

Sin embargo, existe cierta preocupación sobre los posibles efectos adversos de tomar grandes dosis de proteínas, especialmente a nivel renal. Ante esta controversia, un reciente meta-análisis publicado en la prestigiosa revista Journal of Nutrition (Devries et al. 2018)comparó estudios que aportaban dosis altas de proteína (establecido como más de 1.5 g/kg o 100 g al día, o más del 20% de la energía total consumida) con otros en los que los participantes consumían dosis menores durante un mínimo de 4 días. Tras analizar 28 estudios que incluían más de 1000 participantes sanos, los resultados mostraron que el filtrado glomerular, un indicador de la función renal, no evolucionaba de forma diferente en los sujetos que consumían dosis altas o bajas de proteínas.

De forma similar, un estudio (Antonio et al. 2016)hizo que sujetos entrenados en fuerza siguiesen su dieta habitual (la cual era de por sí alta en proteínas, ya que consumían 2.6 g/kg al día) o tomasen una dosis muy alta de proteínas (> 3 g/kg al día) durante 8 semanas. Al ser la dosis de proteínas tan alta en ambos casos, no hubo diferencias en la composición corporal entre grupos, pero un aspecto curioso fue que en ningún caso se produjeron efectos adversos a nivel de función renal, hepática o en otras variables analíticas (e.g., perfil lipídico).

Por lo tanto, cada vez hay más evidencia de que consumir proteínas por encima de las dosis tradicionalmente recomendadas no produce efectos adversos en personas sanas, aunque es importante remarcar que en personas que ya presentan insuficiencia renal sí podría suponer un empeoramiento de la patología (Knight et al. 2003). Además, como muestra un meta-análisis reciente, la suplementación con proteína es eficaz para aumentar la masa muscular y la fuerza, pero los beneficios parecen no aumentar con dosis mayores a 1.6 g/kg (Morton et al. 2018).


REFERENCIAS

Antonio J, Ellerbroek A, Silver T, et al (2016) The effects of a high protein diet on indices of health and body composition – a crossover trial in resistance-trained men. J Int Soc Sports Nutr 13:1–7. doi: 10.1186/s12970-016-0114-2

Devries MC, Sithamparapillai A, Brimble KS, et al (2018) Changes in Kidney Function Do Not Differ between Healthy Adults Consuming Higher- Compared with Lower- or Normal-Protein Diets: A Systematic Review and Meta-Analysis. J Nutr 148:1760–1775. doi: 10.1093/jn/nxy197

Knight EL, Stampfer MJ, Hankinson SE, et al (2003) The impact of protein intake on renal function decline in women with normal renal function or mild renal insufficiency. Ann Intern Med 138:460–467.

Morton RW, Murphy KT, McKellar SR, et al (2018) A systematic review, meta-analysis and meta-regression of the effect of protein supplementation on resistance training-induced gains in muscle mass and strength in healthy adults. Br J Sports Med 52:376–384. doi: 10.1136/bjsports-2017-097608

POR LA SALUD DE LOS NIÑOS, CONTROLA LOS SNACKS

El sobrepeso y la obesidad afectan a una gran parte de la población. Cada vez es más común ver a niños con sobrepeso, habiendo sido estimado que al menos uno de cada cinco niños tiene obesidad en los Estados Unidos. Es por ello primordial conseguir implementar un estilo de vida saludable desde la más temprana edad.

El consumo de snacks es muy habitual entre los niños. Además de las comidas, los niños consumen diversos alimentos entre horas, ya sea a media mañana o por la tarde. El problema es el tipo de snack consumido, que a menudo consiste en galletas, bollos, patatas o chuches y sus derivados.

Es común pensar que, por el mero hecho de ser niños, el consumo de estos alimentos ricos en grasas saturadas y azúcares añadidos no tendrá ningún perjuicio en la salud. Sin embargo, la evidencia muestra preocupantes consecuencias. Un reciente estudio (1)realizado en casi 5000 niños analizó la influencia del consumo de snacks en la prevalencia de obesidad entre 2005 y 2014. Los resultados mostraron que los niños consumían, además de las comidas, dos o tres snacks de media, los cuales consistían principalmente en cereales, leche y dulces. Interesantemente, aquellos niños que presentaban un peso normal consumían menos snacks entre horas que aquellos que tenían sobrepeso u obesidad. En concreto, aquellos niños que tomaban más de dos snacks por día eran los que tenían una mayor probabilidad de presentar sobrepeso, especialmente si tenían menos de dos años.

Se confirma así el potencial peligroso para la salud de los niños de abusar de los snacks entre horas, existiendo una relación directa entre el número de snacks consumidos y el riesgo de sobrepeso u obesidad.No obstante, es importante remarcar que el tipo de snack consumido puede ser de mayor relevancia que la cantidad de los mismos.En el recreo del colegio y por la tarde los snacks más consumidos son probablemente los dulces y procesados. Sin embargo, los resultados de este estudio podrían haber sido totalmente diferentes si los niños hubieran consumido fruta u otros snacks más saludables. Los principios de una alimentación saludable deben ser aprendidos desde la más temprana edad, y conocer los riesgos de abusar de snacks no saludables entre horas son una parte fundamental de esa enseñanza.


REFERENCIAS

  1. Kachurak A, Davey A, Bailey RL, Fisher JO. Daily Snacking Occasions and Weight Status Among US Children Aged 1 to 5 Years. Obesity. 2018;0(0):1–9.

CICLOS DE DIETA CETOGÉNICA REDUCEN LA MORTALIDAD Y MEJORAN LA MEMORIA EN RATONES

PARA PREVENIR LA DIABETES ¿DIETA O EJERCICIO?

La diabetes tipo 2 es posiblemente junto a la obesidad uno de los grandes problemas de salud del siglo XXI en países desarrollados. La prevalencia de diabéticos tipo 2 se ha disparado en los últimos años. Además, aunque no pueden ser considerados diabéticos, se estima que 343 millones de personas presentan una respuesta metabólica deteriorada (concentraciones elevadas de glucosa y tolerancia alterada a ésta), siendo considerados “prediabéticos” o en alto riesgo de padecer diabetes tipo 2.

Aunque intervenciones farmacológicas como la toma de metformina pueden disminuir los niveles de glucosa en esta población, la Asociación Americana de Diabetes recomienda centrar la prevención de la diabetes tipo 2 mediante estrategias de mejora del estilo de vida como la nutrición o el ejercicio físico. Recientemente, una revisión sistemática publicada en Cochrane (Hemmingsen, 2017) analizó la efectividad del ejercicio físico aislado o combinado con una intervención nutricional para la prevención o el retraso de la diabetes tipo 2 en personas prediabéticas. Para ello, analizaron 12 estudios que incluían un total de 5238 participantes prediabéticos.

Dos de los estudios analizados incluyeron únicamente ejercicio físico, siendo la prevalencia de diabetes tipo 2 en los participantes que hicieron ejercicio inferior a la de aquellos que siguieron el tratamiento farmacológico estándar (41 y 68%, respectivamente, en uno de los estudios, y 12 y 18% en el otro estudio). Además, un estudio comparó la realización de ejercicio físico con la inclusión de una intervención nutricional y encontró una prevalencia similar de diabetes tipo 2 en ambos grupos (41 y 44%, respectivamente). Sin embargo, la mayor evidencia se obtuvo al combinar ambas intervenciones, con 11 estudios encontrando una menor prevalencia de diabéticos tras realizar ejercicio físico y dieta en comparación con el grupo control (15 frente al 26%, respectivamente).

Figura 1. Incidencia de diabetes tipo 2 tras la realización de ejercicio físico y dieta o tratamiento estándar. Los puntos a la derecha de la línea vertical indican estudios con resultado favorable hacia la intervención de ejercicio y dieta.

Por lo tanto, aunque tanto la dieta como el ejercicio físico pueden aportar de forma aislada beneficios para la prevención de la diabetes tipo 2 en personas que ya presentan un estado metabólico alterado (prediabéticos), la combinación de ambas mediante un estilo de vida saludable completo aportará los mayores beneficios. Estos resultados son de una gran relevancia clínica teniendo en cuenta la preocupante prevalencia de esta patología, y remarcan una vez más el importante rol de la nutrición y el ejercicio para la prevención de multitud de enfermedades muy comúnmente tratadas farmacológicamente.


REFERENCIA

  • Hemmingsen B, Gimenez-Perez G, Mauricio D, Roqué i Figuls M, Metzendorf M, Richter B. Diet, physical activity or both for prevention or delay of type 2 diabetes mellitus and its associated complications in people at increased risk of developing type 2 diabetes mellitus. Cochrane Database of Systematic Reviews 2017, Issue 12. DOI: 10.1002/14651858.CD003054.pub4

¿CUÁNTO HAY QUE BEBER HACIENDO EJERCICIO?

Existe un interés generalizado sobre cuál es la mejor estrategia de hidratación durante el ejercicio. En concreto, podrían diferenciarse dos tendencias enfrentadas sobre este tema: aquellos que opinan que la hidratación debe ser planificada de antemano y aquellos que piensan que el deportista debe beber atendiendo únicamente a su sensación de sed.1

Bajo la hipótesis de que la sensación de sed es un mecanismo imperfecto para controlar el balance hídrico (es decir, que cuando tenemos sed es ya demasiado tarde), las clásicas recomendaciones del American College of Sport Medicine propusieron que durante el ejercicio se debía beber todo lo posible sin provocar molestias gastrointestinales.2 Más recientemente estas recomendaciones fueron ligeramente modificadas, proponiendo que se debía beber la cantidad necesaria para evitar una pérdida de peso mayor del 2%,3 lo cual se consideraría una deshidratación excesiva. En resumen, estos investigadores proponen como estrategia óptima planificar la hidratación bebiendo incluso en ausencia de sed para evitar pérdidas excesivas de peso corporal.

Sin embargo, otra tendencia sugiere que estas recomendaciones están más basadas en intereses comerciales -muchos de estos grupos de investigación están financiados por empresas como Gatorade- que en resultados científicos. De hecho, existe poca evidencia que implique a la pérdida de agua durante el ejercicio per se (sin ausencia de sed) como responsable de las consecuencias normalmente asociadas como calambres musculares, dificultad cognitiva o eventos como el golpe de calor.4 Como ejemplo, meta-análisis publicados en la prestigiosa revista British Journal of Sport Medicine han mostrado como beber atendiendo a la sensación de sed proporcionaba mayores beneficios en el rendimiento que protocolos de hidratación controlados (por encima o por debajo de la sensación de sed),5 mostrando además que en ausencia de sed pérdidas de hasta el 4% del peso corporal no se relacionan con una disminución del rendimiento.6

De hecho, al igual que es peligroso beber menos de lo que el organismo nos pide, beber por encima de la sensación de sed también puede conllevar serios riesgos para la salud, pudiendo desembocar en hiponatremia asociada al ejercicio. Pese a que esta condición es menos conocida, tiene una preocupante prevalencia en deportistas de resistencia, y aunque normalmente presenta síntomas moderados (eg., naúseas, vómitos) se han dado algunos casos de muerte.7

En conclusión, existe mucha controversia en torno a cuál es la mejor estrategia de hidratación durante el ejercicio. Sin embargo, y en contra de las recomendaciones de algunas empresas y ciertos estamentos de prestigio, la evidencia científica parece indicar que lo mejor es atender a la propia sensación de sed del deportista, teniendo especial precaución para no beber ni más ni menos.


REFERENCIAS

  1. Kenefick RW. Drinking Strategies: Planned Drinking Versus Drinking to Thirst. Sport Med. 2018. doi:10.1007/s40279-017-0844-6.
  2. Convertino VA, Armstrong LE, Coyle EF, et al. American College of Sports Medicine position stand. Exercise and fluid replacement. Med Sci Sports Exerc. 1996;28(1):517-521. doi:10.1097/00005768-199610000-00045.
  3. Sawka MN, Burke LM, Eichner ER, Maughan RJ, Montain SJ, Stachenfeld NS. Exercise and fluid replacement. Med Sci Sports Exerc. 2007;39(2):377-390. doi:10.1249/mss.0b013e31802ca597.
  4. Cotter JD, Thornton SN, Lee JKW, Laursen PB. Are we being drowned in hydration advice? Thirsty for more? Extrem Physiol Med. 2014;3(1):1-16. doi:10.1186/2046-7648-3-18.
  5. Goulet EDB. Effect of exercise-induced dehydration on time-trial exercise performance: A meta-analysis. Br J Sports Med. 2011;45(14):1149-1156. doi:10.1136/bjsm.2010.077966.
  6. Goulet EDB. Effect of exercise-induced dehydration on endurance performance: Evaluating the impact of exercise protocols on outcomes using a meta-analytic procedure. Br J Sports Med. 2013;47(11):679-686. doi:10.1136/bjsports-2012-090958.
  7. Hew-Butler T, Loi V, Pani A, Rosner MH. Exercise-Associated Hyponatremia: 2017 Update. Front Med. 2017;4(March):1-10. doi:10.3389/fmed.2017.00021.

¿CÓMO LLEGAR A LA COMPETICIÓN CON LOS DEPÓSITOS DE GLUCÓGENO LLENOS?

Durante ejercicios de moderada a alta intensidad como los deportes de resistencia, los carbohidratos se convierten en la principal fuente de energía. Conseguir llegar a la competición con los depósitos de glucógeno (el almacén de los carbohidratos) llenos debe ser un objetivo principal para los deportistas, ya que la depleción de éstos es considerada un importante factor limitante del rendimiento. Por ejemplo, la depleción de glucógeno está asociada al proceso comúnmente conocido como “pájara” o “muro”, que ocurre ante la imposibilidad de mantener unos niveles glicémicos estables (hipoglucemia) y la necesidad de conseguir altos niveles de energía a través de la lipolisis.

Diversas estrategias nutricionales han sido analizadas con el fin de conseguir aumentar los depósitos de glucógeno de cara a una competición -proceso denominado “supercompensación de glucógeno”-. Se ha observado que ante bajos niveles de glucógeno se estimula la enzima encargada de la síntesis del mismo (glucógeno sintasa), aumentando también otros procesos que estimulan la síntesis de glucógeno como la sensibilidad a la insulina y la permeabilidad de la membrana celular a la glucosa.

Bajo esta premisa, los primeros protocolos1 de supercompensación de glucógeno -los cuales siguen gozando de una gran popularidad actualmente- consistían en una fase de 3-4 días de descarga de los depósitos de glucógeno, ya sea mediante dietas muy bajas en carbohidratos (< 2 g/kg al día) o mediante la realización de entrenamientos muy intensos, seguida de una fase de carga de glucógeno de 3 días aproximadamente en la que los deportistas disminuían su nivel de actividad y aumentaban la ingesta de carbohidratos (8-12 g/kg al día).

Sin embargo, el protocolo descrito tiene algunos aspectos negativos, ya que la fase de descarga supone un alto estrés para el deportista, provocándole la falta de glucógeno y el cansancio acumulado por las sesiones intensas una gran sensación de fatiga a pocos días de la competición. Posteriormente se observó3 que aplicar una fase de carga de glucógeno como la anteriormente mencionada (3 días consumiendo 8-12 g/kg de carbohidratos por día) antes de una competición era suficiente para supercompensar los depósitos de glucógeno, sin necesidad de incluir una fase de descarga previa y evitando así la fatiga asociada.

Además, otros autores4 han observado que esa supercompensación de glucógeno se puede conseguir con tan solo un día de fase de carga de glucógeno, sin necesidad de aumentar la ingesta de carbohidratos durante 3 días y sin necesidad de hacer una fase de descarga. En concreto, estos autores encontraron que la combinación de inactividad física y un elevado aporte de carbohidratos (10 g/kg) el día previo a una competición era suficiente para obtener una supercompensación similar a los protocolos anteriormente analizados. No obstante, siempre habrá que tener en cuenta la tolerancia gastrointestinal del deportista a cantidades tan elevadas de carbohidratos.

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Fig. 1. Diferentes protocolos para la supercompensación de glucógeno y su efecto en los niveles de glucógeno muscular2.

En conclusión, llegar a la competición con los depósitos de glucógeno lo más llenos posibles será un factor determinante del rendimiento. Aunque tradicionalmente se ha apoyado la realización de una fase de descarga (ejercicio intenso y restricción de carbohidratos) seguida de una fase de carga (elevado consumo de carbohidratos), más recientemente se ha observado que aumentar la ingesta de carbohidratos durante los días previos a la competición o incluso un solo día antes puede ser suficiente.


REFERENCIAS

  1. Bergström, J., Hultman, E. & Roch-Norlund, a E. Muscle glycogen synthetase in normal subjects. Basal values, effect of glycogen depletion by exercise and of a carbohydrate-rich diet following exercise. Scand. J. Clin. Lab. Invest. 29, 231–6 (1972).
  2. Burke, L. M., van Loon, L. J. C. & Hawley, J. A. Postexercise muscle glycogen resynthesis in humans. J. Appl. Physiol. 122, 1055–1067 (2017).
  3. Sherman, W. M., Costill, D. L., Fink, W. J. & Miller, J. M. Effect of exercise-diet manipulation on muscle glycogen and its subsequent utilization during performance. Int. J. Sports Med. 2, 114–8 (1981).
  4. Bussau, V. A., Fairchild, T. J., Rao, A., Steele, P. & Fournier, P. A. Carbohydrate loading in human muscle: An improved 1 day protocol. Eur. J. Appl. Physiol. 87, 290–295 (2002).