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¿REALMENTE EXISTE EL LLAMADO “FOFISANO” U OBESO METABÓLICAMENTE SANO?

La obesidad, conocida ya como la epidemia del siglo XXI, está asociada a complicaciones cardiometabólicas que incluyen hiperglucemia, inflamación, diabetes o hipertrigliceridemia, aumentando así el riesgo de morbimortalidad. Sin embargo, existen algunas personas con sobrepeso u obesidad que presentan un perfil metabólico aparentemente sano, libre de las complicaciones nombradas: son los llamados “obesos metabólicamente sanos”. Pero, ¿realmente presentan un estado saludable estas personas?

Un estudio muy reciente publicado en el International Journal of Obesity (Espinosa De Ycaza et al. 2018) obtuvo datos de 18070 adultos, de los cuales 1805 eran “obesos metabólicamente sanos” y 3047 presentaban un peso normal y estaban sanos. Tras un seguimiento de estos sujetos durante una media de 16 años, se observó que los “obesos metabólicamente sanos” tenían mayores probabilidades de desarrollar al menos un factor de riesgo cardiovascular que los sujetos sanos y con normopeso (80 y 68%, respectivamente). Además, los obesos metabólicamente sanos que durante ese periodo de seguimiento aumentaban su peso corporal en más de un 10% aumentaban su riesgo cardiovascular en mayor medida que aquellos que mantenían su peso o perdían.

Por lo tanto, aunque en un momento concreto una persona con sobrepeso u obesidad puede no presentar otras comorbilidades (ej. diabetes) y estar aparentemente sana, esta población tendrá una mayor tendencia a desarrollar factores de riesgo relacionados con una mayor mortalidad y con mayores posibilidades de evento cardiovascular. Además, estas personas tienden a aumentar aún más su peso en años posteriores. De hecho, casi la mitad de los participantes que comenzaron con sobrepeso acabaron teniendo obesidad tras el periodo de seguimiento, disparándose su riesgo cardiovascular. Es por ello que se debe evitar el sobrepeso o la obesidad pese a que en ese momento dado no vaya acompañado de otros factores de riesgo. El obeso metabólicamente sano puede estar “sano” en ese momento, pero presenta un mayor riesgo de no estarlo en los años posteriores.


REFERENCIA

  • Espinosa De Ycaza A, Donegan D, Jensen MD (2018) Long-term metabolic risk for the metabolically healthy overweight/obese phenotype. Int J Obes 42:302–309. doi: 10.1038/ijo.2017.233

EJERCICIO ANTES Y DURANTE EL EMBARAZO, FUNDAMENTAL PARA LA SALUD DE LA MADRE Y EL FETO

El sobrepeso y la obesidad son considerados una de las mayores epidemias del siglo XXI. Estos problemas de peso afectan también a las mujeres embarazadas, habiéndose estimado que, por ejemplo en Estados Unidos, un 60% de las mujeres entre 20 y 40 años tiene sobrepeso u obesidad.

Como muestran numerosos estudios, el sobrepeso tiene una importante influencia en la salud de la madre y el feto durante y tras el embarazo. Así, en un estudio realizado en Dinamarca (Ovesen, Rasmussen and Kesmodel, 2011) que incluyó 369.347 mujeres embarazadas (de las cuales más del 30% tenían sobrepeso y obesidad), se observó que aquellas con problemas de peso tenían un mayor riesgo de sufrir diabetes gestacional y preeclampsia. Además, las probabilidades de requerir un parto por cesárea y de que el feto padeciese macrosomía o presentase una baja puntuación de Apgar (test de evaluación de la salud del feto) también se veían aumentadas.

Confirmando los beneficios del ejercicio físico en esta población, un meta-análisis reciente (Magro-Malosso et al., 2017) evaluó el papel del ejercicio durante el embarazo en 1502 mujeres con sobrepeso y obesidad. Los investigadores observaron que aquellas mujeres que realizaban ejercicio entre tres y siete veces a la semana durante 30-60 minutos reducían el riesgo de tener un parto pretérmino (< 37 semanas) así como el riesgo de sufrir diabetes gestacional, sin afectar al peso del feto al nacer y sin aumentar el riesgo de complicaciones durante el embarazo o el parto.

Por lo tanto, la prevención del sobrepeso y la obesidad antes y durante el embarazo mediante la promoción de una nutrición saludable y la realización de ejercicio físico es fundamental para la salud tanto de la madre como del feto. Sin embargo, por miedo, falta de interés u otros motivos, es común ver cómo muchas mujeres descuidan su alimentación y reducen en exceso su nivel de actividad física durante el embarazo, el cual en muchas ocasiones era ya bajo de por sí (como muestran los datos sobre sedentarismo de la Organización Mundial de la Salud). La importancia del ejercicio físico controlado durante el embarazo debe calar en la conciencia del personal sanitario y de la población general.


REFERENCIAS

Magro-Malosso, R. et al. (2017) ‘Exercise during pregnancy and risk of preterm birth in overweight and obese women: a systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials.’, Acta obstetricia et ginecologica Scandinavica, 96(3), pp. 263–273. doi: 10.1111/ijlh.12426.

Ovesen, P., Rasmussen, S. and Kesmodel, U. (2011) ‘Effect of prepregnancy maternal overweight and obesity on pregnancy outcome’, Obstetrics and Gynecology, 118(2), pp. 305–312. doi: 10.1097/AOG.0b013e3182245d49.

PARA PREVENIR LA DIABETES ¿DIETA O EJERCICIO?

La diabetes tipo 2 es posiblemente junto a la obesidad uno de los grandes problemas de salud del siglo XXI en países desarrollados. La prevalencia de diabéticos tipo 2 se ha disparado en los últimos años. Además, aunque no pueden ser considerados diabéticos, se estima que 343 millones de personas presentan una respuesta metabólica deteriorada (concentraciones elevadas de glucosa y tolerancia alterada a ésta), siendo considerados “prediabéticos” o en alto riesgo de padecer diabetes tipo 2.

Aunque intervenciones farmacológicas como la toma de metformina pueden disminuir los niveles de glucosa en esta población, la Asociación Americana de Diabetes recomienda centrar la prevención de la diabetes tipo 2 mediante estrategias de mejora del estilo de vida como la nutrición o el ejercicio físico. Recientemente, una revisión sistemática publicada en Cochrane (Hemmingsen, 2017) analizó la efectividad del ejercicio físico aislado o combinado con una intervención nutricional para la prevención o el retraso de la diabetes tipo 2 en personas prediabéticas. Para ello, analizaron 12 estudios que incluían un total de 5238 participantes prediabéticos.

Dos de los estudios analizados incluyeron únicamente ejercicio físico, siendo la prevalencia de diabetes tipo 2 en los participantes que hicieron ejercicio inferior a la de aquellos que siguieron el tratamiento farmacológico estándar (41 y 68%, respectivamente, en uno de los estudios, y 12 y 18% en el otro estudio). Además, un estudio comparó la realización de ejercicio físico con la inclusión de una intervención nutricional y encontró una prevalencia similar de diabetes tipo 2 en ambos grupos (41 y 44%, respectivamente). Sin embargo, la mayor evidencia se obtuvo al combinar ambas intervenciones, con 11 estudios encontrando una menor prevalencia de diabéticos tras realizar ejercicio físico y dieta en comparación con el grupo control (15 frente al 26%, respectivamente).

Figura 1. Incidencia de diabetes tipo 2 tras la realización de ejercicio físico y dieta o tratamiento estándar. Los puntos a la derecha de la línea vertical indican estudios con resultado favorable hacia la intervención de ejercicio y dieta.

Por lo tanto, aunque tanto la dieta como el ejercicio físico pueden aportar de forma aislada beneficios para la prevención de la diabetes tipo 2 en personas que ya presentan un estado metabólico alterado (prediabéticos), la combinación de ambas mediante un estilo de vida saludable completo aportará los mayores beneficios. Estos resultados son de una gran relevancia clínica teniendo en cuenta la preocupante prevalencia de esta patología, y remarcan una vez más el importante rol de la nutrición y el ejercicio para la prevención de multitud de enfermedades muy comúnmente tratadas farmacológicamente.


REFERENCIA

  • Hemmingsen B, Gimenez-Perez G, Mauricio D, Roqué i Figuls M, Metzendorf M, Richter B. Diet, physical activity or both for prevention or delay of type 2 diabetes mellitus and its associated complications in people at increased risk of developing type 2 diabetes mellitus. Cochrane Database of Systematic Reviews 2017, Issue 12. DOI: 10.1002/14651858.CD003054.pub4

EJERCICIO Y RESTRICCIÓN CALÓRICA PARA AUMENTAR LA CAPACIDAD DE EJERCICIO EN PACIENTES OBESOS CON INSUFICIENCIA CARDIACA

Los pacientes con obesidad pueden presentar cuadros clínicos en los que la función cardiovascular esté alterada. Más del 80% de los pacientes con insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada (ICFEP), la forma más común de insuficiencia cardíaca entre las personas mayores, tienen sobrepeso u obesidad. En estos pacientes, la intolerancia al ejercicio es el principal síntoma de la ICFEP crónica y el determinante principal de la reducción de su calidad de vida.

En personas mayores con obesidad sin insuficiencia cardiaca, los beneficios de la restricción calórica y el ejercicio están bien descritos: mejora de la función diastólica y la hipertrofia del ventrículo izquierdo, la capacidad de hacer ejercicio, el perfil lipídico, los niveles de glucosa, los marcadores de inflamación, la función musculo-esquelética, etc.

Por ello, y  con el fin de determinar si la restricción calórica o el entrenamiento aeróbico (ejercicio) mejoran la capacidad y la calidad de vida de pacientes con ICFEP, se llevó a cabo un estudio [1] con 100 pacientes obesos (IMC=39.3±5.6kg/m2) de edad avanzada (67±5 años) que presentaban ICFEP crónico. 26 pacientes fueron asignados aleatoriamente al grupo de ejercicio, 24 al de dieta, 25 a dieta + ejercicio y 25 al grupo control.

Tras la intervención, el VO2 pico (valor con el que evaluaban la capacidad de ejercicio) aumentó significativamente tanto en el grupo de ejercicio como en el grupo de la dieta: el efecto principal del ejercicio fue de 1,2 ml / kg / min; mientras que el de solo dieta fue de 1.3 ml / kg / min. La combinación de ejercicio + dieta potenció las mejoras sobre el VO2 pico (2,5 ml / kg / min). Además, el VO2 pico se correlacionó positivamente con una mejora en el porcentaje de masa corporal magra. El peso corporal disminuyó en 7 ± 1 kg (7%) en el grupo de la dieta, en 4 ± 1 kg (3%) en el de ejercicio y en 11 ± 1 kg (10%) en el de ejercicio + dieta.

A pesar de que se pueda pensar que el ejercicio podría suponer un riesgo para pacientes con insuficiencia cardiaca, durante el estudio no hubo eventos adversos graves, y la adherencia tanto al ejercicio como a la dieta fue muy alta (84 y 99%, respectivamente). Ello demuestra que si el diseño de un programa de ejercicio tiene en cuenta las particularidades de las diferentes poblaciones a las que va dirigido, puede ser un tratamiento seguro y efectivo.

Por lo tanto, en pacientes mayores con obesidad y que padecen insuficiencia cardíaca, un programa de ejercicio combinado con restricción calórica puede aumentar la capacidad de hacer ejercicio y con ello aprovecharse de los beneficios que éste y la dieta producen en el organismo.


REFERENCIA

[1]      D. W. Kitzman, P. Brubaker, T. Morgan, M. Haykowsky, G. Hundley, W. E. Kraus, J. Eggebeen, and B. J. Nicklas, “Effect of caloric restriction or aerobic exercise training on peak oxygen consumption and quality of life in obese older patients with heart failure with preserved ejection fraction: a randomized clinical trial,” Jama, vol. 315, no. 1, pp. 36–46, 2016.

FIT OR FAT, EL GRAN DEBATE: ¿MEJOR LA OBESIDAD O LA FORMA FÍSICA COMO MARCADOR DE SALUD?

El sobrepeso o la obesidad, a menudo entendidos como un excesivo índice de masa corporal (IMC), han sido unos de los factores más asociados a mortalidad en la historia. Sin embargo, hace ya casi tres décadas el Dr. Steven Blair publicó en la prestigiosa revista JAMA un estudio1 que cambiaría este paradigma. En aquel estudio se mostró en 13344 personas cómo una mejor forma física (expresada como capacidad cardiorrespiratoria en una prueba de esfuerzo) se asociaba con una menor mortalidad, independientemente de la presencia de otros conocidos factores de riesgo como el tabaquismo, el colesterol, la presión arterial o, incluso, la obesidad.

Desde entonces, el papel de la obesidad como factor de riesgo per se se ha puesto en entredicho. Un meta-análisis reciente2 trató de compilar la evidencia al respecto, comparando la forma física y la obesidad como factores de riesgo sobre la mortalidad. Tras analizar datos de 10 estudios (92986 personas) estos autores encontraron que una peor forma física se asociaba a una mayor mortalidad, independientemente de que los sujetos tuvieran un mayor o menor IMC. Sin embargo, no existieron diferencias en el riesgo de mortalidad entre sujetos con normopeso, sobrepeso u obesidad si su forma física era buena. 

Parece que el estado de forma podría jugar un rol más importante, o al menos igual de importante, que la obesidad en el desarrollo de patologías y la mortalidad, estando la obesidad asociada con una mayor mortalidad solamente si además disminuye la forma física. De hecho, se han creado términos como “obeso metabólicamente sano” que tratan de describir a aquellas personas con un IMC excesivo (>30) pero sin otras comorbilidades como hipertensión, dislipidemia o diabetes. Así, estos obesos metabólicamente sanos, siempre y cuando presenten además una buena forma física, podrían no tener un mayor riesgo de mortalidad que otras personas con un peso normal.

Como concluyen el Dr. Steven Blair y colaboradores en su último artículo publicado en la revista JAMA3, estos datos no buscan promover la obesidad en una sociedad en la que ésta puede ser considerada actualmente una epidemia, sino que tratan de crear conciencia sobre la importancia de mantener una buena forma física y por ende del ejercicio físico. Nuestros esfuerzos deben ir encaminados a aumentar en la medida de lo posible los niveles de actividad física en cualquier población, promoviendo también una alimentación saludable.  Sea cual sea tu edad y condición, realizar unos niveles mínimos de actividad física, como los 150 minutos a intensidad moderada o 75 minutos a intensidad vigorosa a la semana propuestos por estamentos como la Organización Mundial de la Salud, es el primer paso para mejorar tu salud.


REFERENCIAS

  1. Blair SN, Kohl HW, Pattenbarger RS, Clark DG, Cooper KH, Gibbons LW. Physical Fitness and All-Cause Mortality: A Prospective Study of Health Men adn Women. JAMA. 1989;262(17):2395–401.
  2. Barry VW, Baruth M, Beets MW, Durstine JL, Liu J, Blair SN. Fitness vs. fatness on all-cause mortality: A meta-analysis. Prog Cardiovasc Dis 2014;56(4):382–90.
  3. Kennedy AB, Lavie CJ, Blair SN. Fitness or Fatness. JAMA 2018;319(3):231.

¿POR QUÉ IR A LA ESCUELA EN BICICLETA DEBERÍA SER UNA ASIGNATURA MÁS?

El desplazamiento activo al colegio -es decir, ir en bici o caminando- puede resultar una sencilla estrategia para incrementar el nivel de actividad física en los niños y, con ello, la capacidad cardiorrespiratoria (1). Los factores que pueden influenciar la decisión respecto a desplazarse activamente son el nivel socioeconómico, las características del entorno y la percepción que tengan de éste padres y niños, el nivel educativo de los padres, y la distancia entre la escuela y la casa.

Sin embargo, mientras que la asociación entre la movilidad activa y la capacidad cardiorrespiratoria ha sido ampliamente contrastada, para otros componentes de la condición física y de la composición corporal no está tan clara (1). Por ello, un grupo de investigadores liderados por el Dr. Ramírez Vélez , del grupo CEMA (Colombia), y el Dr. Villa González, del grupo PROFITH de la Universidad de Granada, analizó la relación entre desplazarse en bicicleta hacia/desde la escuela al menos 3 días en semana y factores de riesgo cardiometabólicos – la circunferencia de cintura , presión arterial, perfil lipídico y glucosa en sangre-, así como diferentes medidas de condición física – fitness muscular de hemisferio superior e inferior, flexibilidad y capacidad cardiorrespiratoria- en 2877 niños y adolescentes de entre 9 y 18 años (2).

Sorprendentemente, solo el 23% de los encuestados utilizaban la bicicleta para ir a la escuela. En el caso de los chicos, un porcentaje significativamente menor de los que iban en bicicleta tuvo valores por debajo de lo considerado saludable en los parámetros de flexibilidad y velocidad-agilidad en comparación con los que  no se desplazaban de forma activa. En el caso de ellas, las que se desplazaban 3 o más días en bicicleta se encontraban en un menor porcentaje en la categoría “no saludable” para las medidas de fitness muscular del hemisferio inferior, velocidad-agilidad y capacidad cardiorrespiratoria (tabla 1). Asimismo, estas chicas tuvieron menor probabilidad de tener síndrome metabólico comparadas con las que no se desplazaban activamente (OR, 0.61; 95% CI, 0.35-0.99; P = .048). Por último, el factor más determinante para promover la movilidad activa fue el nivel educativo de los padres. Un mayor nivel educativo de estos se asoció con una mayor probabilidad de que los hijos/as se desplazasen a la escuela en bicicleta.

Tabla 1. Relación entre ir hacia/desde la escuela en bicicleta, condición física y riesgo cardiometabólico, por sexos.

Por tanto, observamos cómo el desplazamiento en bicicleta hacia/desde la escuela se asocia con una mejor condición física y un menor riesgo de síndrome metabólico, especialmente en las niñas. Por ello, estos resultados, junto con los de otros estudios del grupo PROFITH, deberían proporcionar un impulso que incentivase los cambios sociales, ambientales e individuales necesarios para promover de forma segura el desplazamiento en bicicleta hacia/desde la escuela por parte de niños y adolescentes, favoreciendo en consecuencia un estilo de vida más saludable.


REFERENCIAS

  1. Larouche, R., Saunders, T. J., John Faulkner, G. E., Colley, R., & Tremblay, M. (2014). Associations between active school transport and physical activity, body composition, and cardiovascular fitness: a systematic review of 68 studies. Journal of Physical Activity and Health, 11(1), 206-227.
  2. Ramírez-Vélez, R., García-Hermoso, A., Agostinis-Sobrinho, C., Mota, J., Santos, R., Correa-Bautista, J. E., … & Villa-González, E. (2017). Cycling to school and body composition, physical fitness, and metabolic syndrome in children and adolescents. The Journal of Pediatrics, 188, 57-63.

EFECTOS SOBRE LA SALUD DEL SOBREPESO Y LA OBESIDAD EN 195 PAÍSES DE 1990 A 2015

La prevalencia del sobrepeso y la obesidad aumentan de forma preocupante en todo el mundo. Estudios epidemiológicos han identificado el IMC como un factor de riesgo para un conjunto creciente de enfermedades crónicas, entre las que se encuentran enfermedades cardiovasculares, la diabetes, la enfermedad renal crónica, multitud de trastornos musculo-esqueléticos y varios tipos de cáncer. A medida que las autoridades sanitarias intentan desarrollar tratamientos y políticas de prevención para abordar este problema, es necesario conocer la verdadera magnitud del problema, así como la relación de los altos índices de IMC y sus efectos sobre la salud.

Para ello, un proyecto financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates [1] analizó los datos de 68,5 millones de personas para evaluar las tendencias en la prevalencia de sobrepeso y obesidad de niños y adultos entre 1980 y 2015. Este ambicioso proyecto utilizó los datos y la metodología del estudio Global Burden of Disease, cuantificando la morbilidad relacionada con un IMC alto según la edad, el sexo y la causa en 195 países.

Los resultados mostraron que en 2015 un total de 107,7 millones de niños y 603,7 de adultos eran obesos. Desde 1980, la prevalencia de la obesidad se ha duplicado en más de 70 países y ha aumentado de manera ininterrumpida en el resto. Aunque la prevalencia de obesidad entre los niños ha sido menor que la de los adultos, la tasa de aumento de obesidad infantil en muchos países ha sido mayor que la tasa de aumento en adultos.

Tener un IMC alto representó 4 millones de muertes a nivel mundial, de las cuales un 40% ocurrieron en personas que no eran obesas, es decir, aquellas con un IMC menor de 30 (sobrepeso). Además más de dos tercios de las muertes relacionadas con un IMC alto se debieron a enfermedades cardiovasculares.

El rápido incremento en la prevalencia de enfermedades relacionadas con el sobrepeso y la obesidad pone de relieve la importancia de la vigilancia y el control sobre aquellas conductas que desemboquen en sobrepeso y/o obesidad, la identificación de sus causas, así como la implementación de intervenciones basadas en la evidencia para abordar este problema. De nuevo, los cambios en el estilo de vida se erigen como la principal herramienta en la lucha contra esta pandemia y la actividad física y la nutrición como los principales motores de estos cambios.


REFERENCIA

[1]      T. G. 2015 O. Collaborators, “Health Effects of Overweight and Obesity in 195 Countries over 25 Years,” N. Engl. J. Med., vol. 377, no. 1, pp. 13–27, Jul. 2017.

CONTRA EL SOBREPESO, ¿ENTRENAMIENTO INTERVÁLICO DE ALTA INTENSIDAD (HIIT) O CONTINUO DE INTENSIDAD MODERADA?

La obesidad es un problema que cada vez afecta a una mayor parte de la población. De hecho, actualmente al menos un 39% de la población tiene sobrepeso, y más de un 13% tiene obesidad. El sobrepeso, especialmente el exceso de grasa visceral, está a su vez asociado a otras patologías como las cardiovasculares (ej. ateroesclerosis, hipertensión) y metabólicas (ej. diabetes), e incluso a un mayor riesgo de desarrollar cáncer. Por ello, los profesionales de la salud debemos centrar nuestros esfuerzos en reducir la que ya es considerada la epidemia del siglo XXI.

Como vimos recientemente en una entrada, aunque la dieta se muestra como una estrategia eficaz para la pérdida de peso, el ejercicio es la mejor herramienta para la disminución de la grasa visceral. ¿Pero qué tipo de ejercicio aporta los mayores beneficios?

Un reciente meta-análisis publicado en la prestigiosa revista Obesity Reviews (1) comparó el efecto del ejercicio intermitente de alta intensidad (HIIT) o MICT en los cambios en la composición corporal en personas con sobrepeso u obesidad. Para ello, analizaron un total de 13 estudios (424 sujetos) que aplicaban estos programas de ejercicio durante una media de 10 semanas en la que los participantes entrenaban en torno a 3 días a la semana.

Los resultados mostraron que ambos tipos de ejercicio mejoraban de forma significativa la composición corporal, con una reducción de 2 kg de grasa (6%) y de 3 cm de circunferencia de cintura incluso en ausencia de cambios en el peso corporal (como ya vimos en anteriores entradas, nuestro foco de atención debe ser la masa grasa y no el peso corporal). Curiosamente, no hubo diferencias entre los beneficios obtenidos al realizar HIIT o al realizar ejercicio continuo a intensidad moderada, aunque el tiempo de entrenamiento que requerían los programas de HIIT (95 minutos semanales) fue mucho menor que el del entrenamiento continuo (158 minutos semanales). Además, también se observó que aquellos programas en los que el ejercicio se realizaba corriendo aportaban mayores beneficios que en los que se realizaba en bicicleta.

Este estudio es de especial interés porque remarca la importancia del ejercicio para la pérdida de masa grasa en personas con sobrepeso. Además, muestra que tanto el ejercicio de alta intensidad (HIIT) como el continuo a intensidad moderada son opciones igual de eficaces para mejorar la composición corporal. No obstante, el tipo de ejercicio a realizar deberá adaptarse a las características de cada persona. El ejercicio de alta intensidad requiere de un menor tiempo de entrenamiento para aportar los mismos beneficios, por lo que puede ser una buena opción para aquellas personas con falta de tiempo. Sin embargo, debemos tener en cuenta también que este tipo de ejercicio puede suponer una menor adherencia al ejercicio y un mayor estrés cuando la persona está muy desentrenada. De igual forma, aunque correr aporta mayores beneficios para la pérdida de grasa, el mayor impacto articular que provoca puede llevarnos a elegir la bicicleta durante los primeros estadíos.

Como profesionales del ejercicio debemos atender a estos estudios para conocer de forma objetiva qué estrategias son las más eficaces, pero siempre debe primar la individualización. Así, deberemos adaptarnos a los gustos y características de cada persona, dando una mayor importancia a que se integre el ejercicio físico dentro de la rutina diaria en vez de a conseguir los mayores beneficios en el menor tiempo posible.


REFERENCIA

  1. Wewege, M, Berg, R Van Den, Ward, RE, and Keech, A. The effects of high-intensity interval training vs . moderate-intensity continuous training on body composition in overweight and obese adults : a systematic review and meta-analysis. Obes Rev 635–646, 2017.

SI QUIERES MEJORAR TU SALUD, LA DIETA ES IMPORTANTE, PERO NO OLVIDES EL EJERCICIO

La obesidad se ha convertido ya en una gran epidemia en los países desarrollados, siendo una de las principales causas de muerte y estando asociada a numerosas patologías. Por ello, desde el ámbito sanitario y liderados por la Organización Mundial de la Salud, se ha puesto el foco de interés en el control del peso de la población.

Hasta ahora los científicos se habían centrado en qué estrategias eran más útiles para la pérdida de peso. Por ejemplo, un meta-análisis (Miller, Koceja, & Hamilton, 1997) que incluyó 493 estudios comparando los efectos de dieta y ejercicio encontró que la dieta suponía una pérdida de peso cuatro veces mayor que la realización de ejercicio (10.7 frente a 2.9 kilos en 16 semanas). Por ello, la dieta se ha consolidado como la estrategia de pérdida de peso más prescrita y más utilizada por la población.

Sin embargo, es importante remarcar que la pérdida de peso por sí sola puede no estar asociada a un cambio positivo, ya que será la pérdida de grasa visceral la que determine el beneficio de este cambio. Así, mientras el exceso de peso no se asocia en muchas ocasiones a mayor morbi-mortalidad, un exceso de grasa visceral sí se asocia a un mayor riesgo cardiovascular y mayor prevalencia de resistencia insulínica o dislipidemia entre otras patologías.

Por ello, un reciente meta-análisis (Verheggen et al., 2016) analizó 117 estudios (4815 sujetos) para comparar los efectos de la dieta y el ejercicio no sólo en el cambio de peso, sino también en los niveles de grasa visceral. Los autores encontraron que, pese a que la dieta suponía una mayor pérdida de peso, era el ejercicio el que disminuía en mayor medida los niveles de grasa visceral. De hecho, incluso en aquellos sujetos que no perdían peso, se podía apreciar una disminución de la grasa visceral al realizar ejercicio, algo que no ocurría con la dieta. Por ejemplo, una pérdida de peso del 5% (3.5 kg para una persona de 70 kg) se asociaba con una pérdida de grasa visceral del 21.3% al realizar ejercicio, mientras que al seguir sólo dieta la pérdida de grasa visceral era de tan solo un 13.4 %.

Por lo tanto, estos datos apoyan la realización de ejercicio para la mejora de un marcador de salud como es la grasa visceral. La ausencia de pérdida de peso durante un programa de ejercicio puede llevarnos a pensar que la estrategia seguida es incorrecta o inútil. Sin embargo, debemos ser conscientes de la importancia de la composición corporal (porcentaje de grasa y músculo) y olvidarnos del peso como marcador de salud. Debe ser el porcentaje de grasa y no el peso corporal el que indique si nuestras estrategias están funcionando.


REFERENCIAS

Miller, W. C., Koceja, D. M., & Hamilton, E. J. (1997). A meta-analysis of the past 25 years of weight loss research using diet, exercise or diet plus exercise intervention. International Journal of Obesity, 21(10), 941–947. https://doi.org/10.1038/sj.ijo.0800499

Verheggen, R. J. H. M., Maessen, M. F. H., Green, D. J., Hermus, A. R. M. M., Hopman, M. T. E., & Thijssen, D. H. T. (2016). A systematic review and meta-analysis on the effects of exercise training versus hypocaloric diet: distinct effects on body weight and visceral adipose tissue. Obesity Reviews, 17(8), 664–690. https://doi.org/10.1111/obr.12406

¿CÓMO COMBATIR AL GEN DE LA OBESIDAD?

Según datos del Estudio Nutricional de la Población Española (ENPE) realizado por la Sociedad Española de Cardiología, el 39,3% y el 21,6% de los españoles de entre 25 y 64 años padecen sobrepeso y obesidad, respectivamente.

En 2007 se demostró que, además de factores ambientales, la genética desempeña un importante papel en la elevada incidencia de obesidad (1). Así, se observó que determinados polimorfismos (variantes) del gen asociado con la masa grasa y la obesidad (FTO, por sus siglas en inglés) incrementan en un 20-30% el riesgo de padecer obesidad. En la actualidad el 74% de los europeos y el 76% de los norteamericanos son portadores de una mutación en el gen FTO.

Tras el hallazgo de la relación entre el gen FTO y la obesidad, varios estudios hallaron que la actividad física podría atenuar el efecto del FTO sobre el peso corporal, mientras que otros fueron incapaces de replicar dicho resultado, dejando sin resolver si la actividad física reduciría el efecto del gen FTO sobre la obesidad y, en caso afirmativo, en qué medida.

Recientemente, un meta-análisis analizó la interacción entre el gen FTO y la actividad física con respecto a la obesidad (2). El estudio incluyó a 218.166 adultos pertenecientes a 45 estudios y 19.268 niños y adolescentes de 9 estudios.

Al combinar los datos de los 45 estudios en adultos, se confirmó que la actividad física atenúa el efecto de las variantes genéticas del FTO a nivel del porcentaje de grasa, del IMC y de la circunferencia de cintura, disminuyendo el riesgo de obesidad en un 30% en sujetos físicamente activos en comparación con los inactivos. Sin embargo, entre los niños y adolescentes no se encontró asociación entre los polimorfismos del FTO y la actividad física.

Estos resultados transmiten un importante mensaje de salud pública y es que, aunque la genética puede aumentar el riesgo de padecer sobrepeso u obesidad, la adopción de un estilo de vida activo parece minimizar los efectos de una alta predisposición genética.


REFERENCIAS

  1. Gerken, T., Girard, C. A., Tung, Y. C. L., Webby, C. J., Saudek, V., Hewitson, K. S., … & Galvanovskis, J. (2007). The obesity-associated FTO gene encodes a 2-oxoglutarate-dependent nucleic acid demethylase. Science, 318(5855), 1469-1472.
  2. Kilpeläinen, T. O., Qi, L., Brage, S., Sharp, S. J., Sonestedt, E., Demerath, E., … & Holzapfel, C. (2011). Physical activity attenuates the influence of FTO variants on obesity risk: a meta-analysis of 218,166 adults and 19,268 children. PLoS Medicine, 8(11), e1001116.