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LA FORMA FÍSICA, MÁS IMPORTANTE PARA LA SALUD QUE LA OBESIDAD

Un sujeto metabólicamente sano es aquel que cumple 0 o 1 de los criterios definidos para el síndrome metabólico. Se estima que el 10% de adultos de los EEUU son personas con obesidad metabólicamente sanas, mientras que el 8% tienen un Índice de Masa Corporal (IMC) normal, pero NO son metabólicamente sanos.

Investigadores de las Universidades de Granada y South Carolina observaron que una característica esencial de las personas con obesidad (utilizando el IMC o el % de grasa corporal para definir la obesidad) y metabólicamente sanas es que muestran un mayor fitness cardiorrespiratorio. Además, presentaron un 30-50% menor riesgo de enfermedad cardiovascular y mortalidad que los que padecían obesidad, pero NO eran metabólicamente sanos. Sorprendentemente, no existieron diferencias entre los que tuvieron obesidad, pero eran metabólicamente sanos y los sujetos con un % graso normal y metabólicamente sanos, sugiriendo que el fitness cardiorrespiratorio desarrolla un rol fundamental frente a la enfermedad (1). Por tanto, la forma física va a determinar en gran parte el riesgo de mortalidad, independientemente de si padeces obesidad o no.

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Fig. 1.Las dos caras de la obesidad (2).


REFERENCIAS

[1] F. B. Ortega, D. -c. Lee, P. T. Katzmarzyk, J. R. Ruiz, X. Sui, T. S. Church, and S. N. Blair, “The intriguing metabolically healthy but obese phenotype: cardiovascular prognosis and role of fitness,” Eur. Heart J., vol. 34, no. 5, pp. 389–397, Feb. 2013.

[2]  R. S. Ahima and M. A. Lazar, “The Health Risk of Obesity–Better Metrics Imperative,” Science (80-. )., vol. 341, no. 6148, pp. 856–858, Aug. 2013.

LAS PERSONAS CON OBESIDAD NO LLEGAN A LOS 100 AÑOS

En España, según los datos de las encuestas nacionales de salud, en 2012 (último año del que disponemos datos al respecto), el 63,2% de los hombres y el 44,2% de las mujeres tenían sobrepeso u obesidad. Y es que, excepto para las regiones más pobres, la prevalencia de obesidad en el mundo no para de aumentar.

Asimismo, en los últimos años se ha venido produciendo un aumento en la esperanza de vida, haciendo que vivamos más y además parece que de forma más saludable (1), lo que resulta paradójico dada la asociación entre la obesidad, especialmente la obesidad severa/mórbida, y ulteriores consecuencias metabólicas, con el consiguiente incremento de la mortalidad, así como con una amplia gama de enfermedades.

Los centenarios muestran una longevidad excepcional (≥ 100 años; unos 20 años más que la esperanza de vida media en el mundo occidental) y en su mayoría han escapado de enfermedades importantes a pesar de su edad avanzada. Este modelo representa el paradigma de la esperanza de vida saludable y longeva que cualquier individuo soñaría con alcanzar.

Recientemente ha sido analizado el IMC en 3 cohortes de centenarios pertenecientes al norte de Italia (Lombardía, n=81), España (n=84) y Japón (Tokio, n=467). Los centenarios italianos estaban libres de enfermedades importantes relacionadas con la edad (cáncer, enfermedades cardiovasculares y demencias) (2).

Más allá de diferencias geográficas específicas (los japoneses tuvieron el IMC más bajo y una alta prevalencia de peso por debajo de lo saludable), el principal resultado obtenido fue que el porcentaje de centenarios con obesidad se encontró por debajo de los valores estimados para adultos. Sorprendentemente, no se halló ningún centenario varón que padeciera obesidad en ninguna de las 3 cohortes. Además, en Italia, uno de los países con mayor porcentaje de población con obesidad en el mundo [en el puesto número 9 en el ranking de hombres y 14 en el de mujeres en 2014 (3)], no se encontraron centenarios que padecieran obesidad.

De acuerdo a estos resultados, parece evidente que la obesidad acorta la esperanza de vida. Y, sin embargo, nos estamos volviendo progresivamente más inactivos (con 1/3 de adultos en todo el mundo realizando menos de 150 min/semana de ejercicio físico), a la vez que comemos peor, a costa de incrementar nuestra adiposidad hasta niveles patogénicos y convirtiendo a la obesidad en la gran pandemia del siglo XXI. Por tanto, la prevención de la obesidad debe considerarse una de las intervenciones a tener en cuenta para promover un envejecimiento longevo y saludable, esto es, si queremos vivir más y mejor.


REFERENCIAS

  1. Smith GD. A fatter, healthier but more unequal world. Lancet 2016;387:1349-50
  2. Santos-Lozano A, Pareja-Galeano H, Fuku N, Hirose N, Emanuele E, Lucia A, Sanchis-Gomar F. Implications of obesity in exceptional longevity. Ann Transl Med 2016;4(20):416.
  3. NCD Risk Factor Collaboration (NCD-RisC). Trends in adult body-mass index in 200 countries from 1975 to 2014: a pooled analysis of 1698 population-based measurement studies with 19·2 million participants. Lancet 2016;387:1377-96.

LA OBESIDAD DURANTE EL EMBARAZO ACORTA LA VIDA DE LOS HIJOS

Durante el embarazo, la obesidad de la madre va a influir en el entorno intrauterino, pudiendo producir alteraciones en el desarrollo, la fisiología y el metabolismo del feto, siendo éste posiblemente el origen de determinadas enfermedades que sufra el recién nacido a lo largo de su vida. Así, por ejemplo, la obesidad durante el embarazo se asocia con un crecimiento fetal anormal, incremento en el riesgo de complicaciones durante el parto, muerte fetal y muerte súbita del lactante. De igual modo, la obesidad, el asma y las enfermedades cardiovasculares durante la edad infantil se asocian con un estado de obesidad materna. Por tanto, la obesidad de la madre podría tener consecuencias sobre la salud del feto durante el propio embarazo e incluso años después de su nacimiento.

Por otro lado, como hemos visto en entradas anteriores, la longitud de los telómeros es considerada un marcador del estado de salud celular y el envejecimiento biológico, asociándose con enfermedades relacionadas con la edad como las cardiovasculares, la diabetes tipo II y la aterosclerosis, y una mayor mortalidad. Además se sabe que la longitud de los telómeros de un recién nacido va a determinar su longitud telómerica en etapas futuras de la vida.

En base a estas evidencias, un reciente estudio (1) ha analizado el efecto de la obesidad de la madre antes del embarazo -en base al IMC- sobre la longitud de los telómeros de los recién nacidos, evaluada a través de muestras de sangre del cordón umbilical (n = 743) y la placenta (n = 702).

De forma sorprendente se halló que la obesidad previa al embarazo se asoció con telómeros más cortos en los recién nacidos. Independientemente de otros factores, la longitud telomérica de los neonatos con madres con obesidad fueron más cortos que los de aquellos con madres con un peso saludable.

Por último, los datos mostraron que para cada aumento de una unidad de IMC, los telómeros de la sangre del cordón y de la placenta fueron 0.50% y 0.66% más cortos, respectivamente. Esto supone una pérdida de aproximadamente 50 pares de bases en la longitud del telómero, mientras que se estima que un adulto pierde entre 32.2 y 45.5 pares de bases anualmente (2), por lo que cada aumento previo al embarazo de una unidad de IMC es equivalente a la pérdida de pares de bases que sufre un adulto en un periodo de 1.1 a 1.6 años.

Estos hallazgos son de especial relevancia clínica, ya que supone que los recién nacidos de madres que padecían obesidad fueron de 12 a 17 años mayores biológicamente en comparación con los recién nacidos de mujeres con peso normal, en base a la equivalencia de pérdida telomérica que se produce anualmente en la edad adulta.

El impacto sobre la salud pública es considerable, ya que en sociedades con un alto nivel socioeconómico el 30% de las mujeres en edad reproductiva tienen sobrepeso, con el consiguiente riesgo debido al acortamiento telomérico que se produce en los neonatos de madres con obesidad, lo que podría incrementar el riesgo de futuras enfermedades crónicas.

El estilo de vida previo al embarazo de la madre va a determinar la longitud telomérica del recién nacido y, por tanto, podría estar predisponiéndolo a un envejecimiento biológico y molecular prematuro y a una mayor susceptibilidad a las enfermedades.


REFERENCIAS

  1. Martens, D. S., Plusquin, M., Gyselaers, W., De Vivo, I., & Nawrot, T. S. (2016). Maternal pre-pregnancy body mass index and newborn telomere length. BMC Medicine, 14(1), 148.
  2. Müezzinler, A., Zaineddin, A. K., & Brenner, H. (2013). A systematic review of leukocyte telomere length and age in adults. Ageing Research Reviews, 12(2), 509-519.

ESTIMULACIÓN CEREBRAL, UNA NUEVA TERAPIA PARA EL CONTROL DEL PESO CORPORAL

En los últimos años está siendo ampliamente estudiado el papel de la activación de determinadas zonas de la corteza cerebral en el deseo de comer. En concreto, se ha observado que un aumento en la activación de la corteza prefrontal dorsolateral -relacionada con el control inhibitorio y el circuito de recompensa- está asociado a un menor deseo de comer, teniendo por tanto este hecho una gran importancia en el mantenimiento del peso corporal a través de un mayor control de la dieta.

Teniendo en cuenta que una mayor activación de la corteza prefrontal se asocia a una mayor capacidad para controlar nuestras decisiones respecto a la comida, un estudio piloto en 9 sujetos obesos (IMC=38±7; Grasa=45±8%) publicado el año pasado en la prestigiosa revista Obesity (1) evaluó el posible papel de la estimulación transcraneal de esta zona de la corteza cerebral en la regulación del apetito.

La estimulación transcraneal de corriente continua (tDCS por sus siglas en inglés) es una técnica muy novedosa y que está siendo investigada en campos tan diversos como el tratamiento de la depresión y el dolor o la mejora del rendimiento deportivo, además del control de diversas conductas como el consumo de drogas. Esta técnica se basa en la colocación de dos electrodos sobre el cuero cabelludo que generan un campo eléctrico de baja intensidad en la zona estimulada, aumentando así la neuromodulación (excitabilidad) y la plasticidad cerebral.

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Fig. 1. Un sistema de estimulación a nivel usuario con forma de cascos está siendo utilizado recientemente en el campo deportivo para mejorar el rendimiento.

Tras una primera fase de estabilización de ingesta y peso corporal, los sujetos fueron sometidos a tres sesiones de 40 minutos de tDCS catodal (disminuye excitación) o a tres sesiones de estimulación placebo (electrodos que no generaban corriente) en días consecutivos. Tras estos tres días se permitió a los sujetos comer lo que quisiesen durante 5 días, cuantificándose todo lo que comían así como el peso corporal. En una segunda parte del estudio se repitieron todos los procedimientos, pero en este caso, para aumentar la modulación o excitabilidad, la estimulación fue anodal (del ánodo al cátodo) en vez de catodal (la corriente va del cátodo al ánodo)

Los resultados muestran como los sujetos estimulados con corriente anodal tendían a consumir menos calorías (-700 kcal aprox), disminuyendo especialmente aquellas que provenían de grasas y de refrescos azucarados. Además, los sujetos estimulados con corriente anodal perdieron algo de peso mientras que los estimulados con corriente catodal no (incluso tendieron a aumentar un 0,6 %).

Por lo tanto, en base a estos resultados se pueden observar potenciales beneficios de la tDCS para estimular aquella zona de la corteza cerebral responsable del control de la ansiedad por comer, lo cual se traduce en una menor ingesta calórica o en mayor facilidad para seguir una dieta. No obstante, la escasa duración del estudio (5 días) impide sacar conclusiones sobre los efectos a largo plazo en el peso corporal. Debemos ser conscientes de la posible ayuda que puede suponer esta técnica para aquellas personas con dificultad para controlar sus hábitos alimenticios, aunque siempre deberá primar el tratamiento psicológico habitual así como unos hábitos de vida saludables por encima de otras técnicas más invasivas (aunque seguras). Por último, es importante remarcar que el sobrepeso y la obesidad pueden ser consecuencia de factores tanto conductuales como no conductuales, estando condicionado por factores desde metabólicos hasta psicológicos. Por lo tanto, esta técnica podrá facilitar la pérdida de peso en algunas personas (aquellas con mayor dificultad para controlar sus hábitos alimenticios), pero no en otras.


REFERENCIA

1.             Gluck ME, Alonso-Alonso M, Piaggi P, Weise CM, Jumpertz-Von Schwartzenberg R, Reinhardt M, Wassermann EM, Venti CA, Votruba SB, Krakoff J. Neuromodulation targeted to the prefrontal cortex induces changes in energy intake and weight loss in obesity. Obesity. 2015;23(11):2149–56.

LIPOSUCCIÓN Y EJERCICIO FÍSICO, ¿POR CUÁL NOS DECANTAMOS?

Los cánones actuales de belleza contemplan al sobrepeso y a la obesidad como algo no estético. De ahí que la liposucción sea actualmente el segundo tipo de cirugía estética más popular en el mundo, solo por detrás del aumento de mama. Sin embargo, como todo procedimiento quirúrgico conlleva complicaciones y riesgos asociados.

El desarrollo de nuevas técnicas quirúrgicas que permiten la eliminación de una mayor cantidad de grasa en un entorno más seguro junto con el hecho de que el tejido adiposo sea un órgano metabólicamente muy activo, ha llevado a pensar que la liposucción podría ser un método efectivo para mejorar el perfil metabólico por la pérdida de adiposidad que se produce y a plantearse como coadyuvante en el tratamiento de la obesidad y sus comorbilidades.

Sin embargo, los resultados al respecto son inconsistentes ya que el tejido visceral permanece intacto tras la intervención, todo lo contrario a lo que ocurre con el tejido subcutáneo. Además los estudios que han investigado los efectos metabólicos tras la liposucción son controvertidos, ya que o no han registrado ningún cambio o se han observado beneficios sobre uno o más factores de riesgo cardiovascular.

Se postula que la distribución de la grasa corporal es incluso más importante para el riesgo cardiovascular que la adiposidad total. Así, el tejido adiposo visceral es un potente indicador de riesgo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares (1). Por tanto, el incremento inmediato que se producirá en la proporción de grasa visceral respecto a la subcutánea podrá suponer un empeoramiento de ciertos factores de riesgo como la resistencia a la insulina, el perfil lipídico y los niveles de sustancias pro-inflamatorias, incrementando con ello el riesgo de enfermedades (2).

Sabemos que el ejercicio físico produce adaptaciones fisiológicas mejorando la sensibilidad a la insulina, la oxidación lipídica, reduciendo los niveles inflamatorios, incrementando la masa muscular y reduciendo la grasa abdominal, especialmente la grasa visceral.

Una diferencia clave a nivel fisiológico entre ambas estrategias es que la liposucción reduce exclusivamente el tejido subcutáneo, mientras que el ejercicio mejora el metabolismo lipídico tanto en el tejido subcutáneo como en el visceral (3).

Como comentamos anteriormente, el incremento inmediato en el ratio grasa visceral/grasa subcutánea podría ser negativo para el metabolismo, mientras que el ejercicio físico podría ser una estrategia efectiva para minimizar o incluso revertir estos posibles efectos deletéreos debido a su capacidad para reducir el tejido visceral (4). Durante la liposucción no solo se retira el tejido graso subcutáneo más superficial sino que también se elimina la capa más profunda de éste, estando ésta última fuertemente asociada con la resistencia a la insulina y otros factores de riesgo cardiovascular (5).

Por tanto, la liposucción y el ejercicio físico serían estrategias útiles, además de para fines estéticos, para el tratamiento de la obesidad y las alteraciones metabólicas (3). Si bien la liposucción es una forma rápida de eliminar grasa en zonas localizadas, no deja de ser una intervención quirúrgica y, como tal, conlleva una serie de riesgos. Por ello, cuando se busque principalmente un fin estético, recomendamos en primer lugar ponerse en manos de especialistas en ejercicio físico y nutrición con el objetivo de luchar contra esa grasa de más, ya que la correcta realización de un programa de entrenamiento y nutrición nos permitirá conseguir resultados muy satisfactorios sin exponernos a los riesgos asociados a una cirugía.

REFERENCIAS:

  1. Després, J. P., Lemieux, I., Bergeron, J., Pibarot, P., Mathieu, P., Larose, E., . . . Poirier, P. (2008). Abdominal obesity and the metabolic syndrome: contribution to global cardiometabolic risk. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 28(6), 1039-1049. doi:10.1161/ATVBAHA.107.159228
  2. Giese, S. Y., Bulan, E. J., Commons, G. W., Spear, S. L., & Yanovski, J. A. (2001). Improvements in cardiovascular risk profile with large-volume liposuction: a pilot study. Plastic and reconstructive surgery, 108(2), 510-519.
  3. Benatti, F. B., Lira, F. S., & Oyama, L. M. (2011). Strategies for reducing body fat mass: effects of liposuction and exercise on cardiovascular risk factors and adiposity. Diabetes, metabolic syndrome and obesity: targets and therapy, 4, 141.
  4. Hansen, D., Dendale, P., Berger, J., van Loon, L. J., & Meeusen, R. (2007). The effects of exercise training on fat-mass loss in obese patients during energy intake restriction. Sports Medicine, 37(1), 31-46.
  5. Kelley, D. E., Thaete, F. L., Troost, F., Huwe, T., & Goodpaster, B. H. (2000). Subdivisions of subcutaneous abdominal adipose tissue and insulin resistance. American Journal of Physiology-Endocrinology And Metabolism, 278(5), E941-E948.

EFECTOS DEL ENTRENAMIENTO DE FUERZA EN MUJERES MAYORES SOBRE LA PROTEÍNA C-REACTIVA

La proteína C-reactiva (PCR), un biomarcador de inflamación, es considerada como un importante e independiente indicador de mortalidad para enfermedades metabólicas y cardiovasculares, siendo éstas últimas la principal causa de morbi-mortalidad en personas mayores.

Por otro lado, el entrenamiento de fuerza ha sido presentado en numerosos estudios como una valiosa herramienta terapéutica en la prevención de los efectos nocivos asociados al envejecimiento, que implica una disminución del riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares a través de cambios en la composición corporal, mejoras en el perfil metabólico y reducción de marcadores inflamatorios. Sin embargo, estos cambios a nivel metabólico e inflamatorio asociados al entrenamiento de fuerza pueden estar determinados por las características del programa de ejercicio y por el nivel de experiencia de los sujetos en este tipo de entrenamiento. Así, por ejemplo, en investigaciones anteriores, sujetos previamente entrenados en fuerza en comparación con no entrenados tuvieron mayor masa muscular, principal tejido diana dentro del metabolismo de la glucosa y los triglicéridos además de actuar como órgano endocrino a través de la liberación de mioquinas con propiedades antiinflamatorias.

En este caso, presentamos un estudio cuyo objetivo fue analizar el efecto de un programa de entrenamiento de fuerza sobre los valores de PCR, glucosa sanguínea y perfil lipídico en mujeres mayores con diferentes niveles de experiencia en este tipo de entrenamiento (1).

Para ello, 65 mujeres mayores (≥60 años) fueron divididas en dos grupos de acuerdo a su experiencia previa en entrenamiento de fuerza: un primer grupo de nivel avanzado, compuesto por aquellas mujeres con más de 24 semanas de entrenamiento de fuerza y un segundo grupo de principiantes en dicho entrenamiento. Ambos grupos llevaron a cabo un programa de fuerza de 8 semanas, 3 días/semana, compuesto de 8 ejercicios de los principales grupos musculares y 3 series de 8-12 repeticiones. En cuanto a la ingesta energética total diaria y de macronutrientes, ésta no varió entre ambos grupos.

Tras las 8 semanas de entrenamiento, el grupo avanzado mostró una mayor reducción en los valores de PCR en comparación con el grupo de principiantes (Figura 1). Aunque los mecanismos por los que se podría producir este efecto se desconocen, se postula que la contracción muscular favorece la liberación de mioquinas con efectos anti-inflamatorios favoreciendo con ello la reducción de los niveles de inflamación y, por ende, de la PCR.

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Figura 1. Proteína C-reactiva en mujeres mayores de nivel avanzado y principiante en entrenamiento de fuerza después de 8 semanas de intervención. *P < 0.05 vs. Pre; †P < 0.05 vs. Principiantes.

Respecto a los otros parámetros analizados, el colesterol total solamente se redujo en las principiantes, mientras que en ambos grupos se obtuvieron similares incrementos de HDL y disminución de los niveles de glucosa, triglicéridos y LDL.

En conclusión, la práctica regular de entrenamiento de fuerza en mujeres mayores podría ser una estrategia efectiva frente a las morbilidades asociadas a los estados de inflamación que se producen como consecuencia de las alteraciones bioquímicas y morfológicas derivadas del envejecimiento, entre ellas las enfermedades cardiovasculares y metabólicas.


REFERENCIAS

  1. Ribeiro, A. S., Tomeleri, C. M., Souza, M. F., Pina, F. L. C., Schoenfeld, B. J., Nascimento, M. A., … & Cyrino, E. S. (2015). Effect of resistance training on C-reactive protein, blood glucose and lipid profile in older women with differing levels of RT experience. Age, 37(6), 1-11.

EFECTO DEL HIIT EN PERSONAS CON OBESIDAD MÁS ALLÁ DE PARÁMETROS CARDIOMETABÓLICOS

La obesidad se asocia con alteraciones cognitivas y con un mayor riesgo de demencia durante el envejecimiento mientras que la actividad física realizada de forma regular reduce de manera significativa el riesgo de desarrollar estos problemas. Uno de los mecanismos por el que se podría producir dicho efecto sobre la cognición sería a través de una mejor oxigenación cerebral como consecuencia de un incremento en el VO2máx.

Sin embargo, hasta ahora se desconocía cómo influiría la actividad física sobre la función cognitiva en pacientes que padecen obesidad y dado que estudios previos han demostrado que, en este tipo de población, el entrenamiento interválico de alta intensidad (HIIT) produce mayores beneficios sobre la pérdida de masa corporal, la reducción de adiposidad y de la circunferencia de cintura que el entrenamiento continuo de intensidad moderada, un grupo de investigadores de Montreal quiso determinar el efecto del HIIT sobre la función cognitiva y la oxigenación cerebral en personas con obesidad (1).

Para ello, 6 sujetos (con edades comprendidas entre los 40 y los 56 años y porcentajes de grasa corporal mayor del 25% en hombres y del 35% en mujeres) llevaron a cabo un programa de 4 meses de duración compuesto de 2 sesiones semanales de HIIT, una de entrenamiento continuo de intensidad moderada y 2 de entrenamiento de fuerza. Las sesiones de HIIT consistieron en 2-3 series de 10 minutos de esfuerzos de entre 15-30 seg al 80% de la potencia máxima aeróbica (PAM) intercalados por periodos de 15-30 seg de recuperación pasiva (34-48 min en total por sesión).

Además, antes y después de dicho programa se les realizó un completo reconocimiento médico donde se evaluaron la composición corporal, circunferencia de cintura y parámetros sanguíneos así como la función cognitiva a través de una batería de tests neuropsicológicos. La PAM se determinó mediante una prueba de esfuerzo máximo sobre cicloergómetro y la oxigenación cerebral a través de espectometría de rayo infrarrojo cercano (NIRS) durante la prueba de esfuerzo.

Respecto a los parámetros cardiometabólicos evaluados, después del entrenamiento se observó que la masa corporal, la circunferencia de cintura y tanto la grasa total como la troncular mejoraron significativamente. Asimismo, el VO2, la potencia pico y la potencia en umbral ventilatorio aumentaron de forma significativa. Sin embargo, sobre el perfil lipídico en sangre no se obtuvieron dichas mejoras.

En relación a la función cognitiva, se registró una mejora de ésta después del programa de entrenamiento, que incluyó un incremento significativo sobre la memoria verbal y a corto plazo, la atención y la velocidad de procesamiento, además de sobre la oxigenación cerebral siendo los parámetros de NIRS significativamente mayores tras los 4 meses de ejercicio.

Por tanto, y a pesar de las limitaciones del estudio por el pequeño tamaño muestral y la falta de un grupo control, los resultados presentados demuestran que, más allá de los beneficios del HIIT sobre la salud cardiometabólica, este tipo de entrenamiento potencia la salud y plasticidad cerebral en pacientes con obesidad, indicándonos un posible efecto positivo del HIIT en la reducción del riesgo de enfermedades mentales.


REFERENCIA

  1. Drigny, J., Gremeaux, V., Dupuy, O., Gayda, M., Bherer, L., Juneau, M., & Nigam, A. (2014). Effect of Interval Training on Cognitive Functioning and Cerebral Oxygenation in Obese Patients: A Pilot Study. Journal of Rehabilitation Medicine46(10), 1050-1054.

¿PROPORCIONA BENEFICIOS ADICIONALES EL EJERCICIO A LA DIETA EN OBESOS CON DIABETES?

La restricción calórica, el aumento de actividad física y la reestructuración cognitiva son los pilares fundamentales del tratamiento de la obesidad, especialmente en el caso de presentar comorbilidades asociadas como diabetes tipo 2.

Se ha visto que una reducción del 50% del exceso del peso corporal a través de una dieta muy baja en calorías (450 kcal/día) mejora la sensibilidad a la insulina en este tipo de pacientes. Además, se han obtenido resultados que nos hablan de que el ejercicio regular puede mejorar la sensibilidad periférica a la insulina incluso sin que exista pérdida de peso.

Es por esto que un equipo de investigadores holandés quiso comparar el efecto de 16 semanas de una dieta muy baja en calorías con y sin un programa de ejercicio en pacientes obesos insulinodependientes con diabetes tipo II para ver si la inclusión del programa de ejercicio proporcionaba beneficios adicionales en términos de pérdida de peso, sensibilidad a la insulina y capacidad mitocondrial (1).

Para ello, 27 sujetos sedentarios (14 hombres y 13 mujeres posmenopáusicas), todos ellos obesos (IMC > 30 Kg/m2) e insulinodependientes, fueron divididos aleatoriamente en dos grupos:

  • VLCD: únicamente dieta muy baja en calorías (alrededor de 450 kcal/día);
  • VLCD+E: siguió la misma dieta junto con un programa de 16 semanas de ejercicio aeróbico consistente en 5 sesiones semanales, 4 de entrenamiento en casa de 30’ y una de entrenamiento intrahospitalario supervisado de 1h de duración a una intensidad aproximada al 70% de la capacidad aeróbica máxima (evaluada mediante prueba de esfuerzo máxima).

Tanto en el grupo de sólo dieta como en el de dieta+ejercicio se obtuvieron importantes pérdidas de peso (-23.7±1.7kg en VLCD vs. -27.2± 1.9kg en VLCD+E, sin diferencias significativas entre grupos), mientras que el grupo de ejercicio obtuvo mayor pérdida de masa grasa. Además, la sensibilidad a la insulina del hígado, el tejido adiposo y el músculo esquelético mejoraron de forma similar en ambos grupos. De igual forma, se produjo un aumento significativo de fibras musculares tipo 1 (oxidativas) en los dos grupos.

En el caso de la capacidad aeróbica máxima, el grupo de dieta+ejercicio tuvo un incremento significativo (aumento de VO2máx en 6.6±1.7 mg/kg de masa corporal magra por minuto), mientras que en el caso del grupo de sólo dieta no fue significativo el cambio.

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Figura 1. Comparación de VO2máx al inicio (barras grises) y tras las 16 semanas de entrenamiento (barras negras) en ambos grupos. *, P < 0.05 intragrupos; $, P < 0.05 entre los grupos (1).

Por último, el número de copias de ADN mitocondrial aumentó en el grupo de dieta+ejercicio, no cambiando en el grupo de sólo dieta.

Por tanto, combinar una dieta muy baja en calorías con ejercicio regular y estructurado proporciona beneficios adicionales a los obtenidos solamente con la dieta, en tanto en cuanto conduce a mayor pérdida de masa grasa y aumento de la capacidad mitocondrial lo que implica una mayor oxidación así como mayor obtención de energía. Sin embargo, no se consiguieron beneficios en cuanto a la sensibilidad de la insulina más allá de los logrados sólo con la dieta.


REFERENCIAS

Snel, M., Gastaldelli, A., Ouwens, D. M., Hesselink, M. K., Schaart, G., Buzzigoli, E., … & Jazet, I. M. (2012). Effects of adding exercise to a 16-week very low-calorie diet in obese, insulin-dependent type 2 diabetes mellitus patients. The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism97(7), 2512-2520.

EFECTO DE DIETA Y/O EJERCICIO SOBRE LA OBESIDAD. RELACIÓN CON ADIPONECTINA Y LEPTINA

Como vimos en entradas anteriores, las concentraciones de adiponectina y leptina están alteradas en patologías como la obesidad. En este caso concreto, disminuyen los niveles de adiponectina y aumentan los de leptina. La importancia de éstas llega a ser tal que se ha asociado una alteración de sus niveles con el mecanismo por el que la obesidad se relaciona con enfermedades crónicas.

Por ello, mantener unos niveles adecuados tanto de adiponectina como de leptina resulta fundamental desde el punto de vista de la salud pública.

Es por este hecho que se llevó a cabo un estudio (1) entre mujeres posmenopáusicas con sobrepeso y obesidad con el fin de comparar el efecto de 3 programas para pérdida de peso sobre los niveles séricos de adiponectina y leptina:

1. Programa de 12 meses de dieta hipocalórica.

2. Programa de 12 meses de ejercicio.

3. Programa de 12 meses de dieta hipocalórica + ejercicio.

Así, se observaron reducciones considerables en las concentraciones de leptina en los 3 grupos, produciéndose el mayor descenso entre las mujeres del grupo dieta+ejercicio, mientras que las concentraciones de adiponectina aumentaron entre las mujeres de los grupos dieta+ejercicio y dieta, pero no en las del grupo de sólo ejercicio. Además, se obtuvo que, independientemente de la intervención llevada a cabo, la pérdida de peso tuvo una relación dosis-dependiente sobre los niveles de leptina y adiponectina observándose, entre quienes perdieron ≥10% de su peso inicial o >6.35% de la grasa corporal, los mayores incrementos en adiponectina y disminuciones en leptina entre las participantes de los grupos dieta+ejercicio y dieta.

El mayor incremento en los niveles de adiponectina se acercó a un 20% (en el grupo de sólo dieta) mientras que el mayor descenso en el de leptina fue >55% (en el de dieta+ejercicio).

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Figura 1. Efecto de un programa individual y conjunto de dieta para pérdida de peso (con o sin ejercicio), y ejercicio sobre los niveles de adiponectina y leptina, clasificados por cambios en el % de grasa corporal (1).

Por tanto, los resultados obtenidos confirman la importancia de abordar la obesidad, al igual que cualquier estado patológico, desde un enfoque multidisciplinar, donde tanto el especialista en ejercicio como el nutricionista elaboren, de forma conjunta, programas de intervención que promuevan el mayor porcentaje posible de pérdida de grasa corporal, lo que vendrá asociado a mejoras en la salud del paciente a todos los niveles.


REFERENCIAS

  1. Abbenhardt, C., McTiernan, A., Alfano, C. M., Wener, M. H., Campbell, K. L., Duggan, C., … & Ulrich, C. M. (2013). Effects of individual and combined dietary weight loss and exercise interventions in postmenopausal women on adiponectin and leptin levels. Journal of internal medicine274(2), 163-175.