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FUERZA O RESISTENCIA, ¿CUÁL PROTEGE MÁS FRENTE A LA MORTALIDAD?

La capacidad cardiorrespiratoria (CRF, por sus siglas en inglés), popularmente conocida como “resistencia”, ha mostrado ser un importante factor pronóstico de multitud de enfermedades como las cardiovasculares o algunos tipos de cáncer, estando inversamente relacionada con el riesgo de mortalidad. Es por ello que el ejercicio físico aeróbico o de resistencia ha sido tradicionalmente ensalzado como el tipo de actividad que mayores beneficios podría aportar a la salud. Sin embargo, en los últimos años otro indicador clave de la forma física, la fuerza muscular, está aumentando su popularidad en el ámbito de la salud al estar también inversamente asociada al riesgo de diversas patologías y de mortalidad.

En un reciente estudio (Kim, 2018) se analizó cuál de estos dos factores está más relacionado con el riesgo de mortalidad, o si la combinación de ambos componentes de la forma física podría aportar algún valor añadido. Los autores analizaron a más de setenta mil participantes de entre 40 y 70 años a los que se les midió tanto la fuerza de prensión manual con un dinamómetro como la CRF mediante una prueba de esfuerzo en bicicleta. Tras esto, se les realizó un seguimiento durante aproximadamente 6 años en los que murieron 832 participantes. Los resultados mostraron que, al analizar por separado la CRF y la fuerza muscular, ambos estaban relacionados de forma similar con el riesgo de mortalidad por cualquier causa, así como con la mortalidad específica por enfermedad cardiovascular o cáncer. Sin embargo, el principal hallazgo fue que la combinación de ambos factores, es decir, una alta fuerza muscular y una alta CRF, reducía enormemente el riesgo de mortalidad en comparación con altos niveles de cada factor por separado.

Así, estos resultados muestran que aunque tanto la CRF como la fuerza muscular son factores independientemente relacionados con el riesgo de mortalidad, ambas capacidades deben ser tomadas como marcadores complementarios y no suplementarios de la forma física. Además, los resultados refuerzan la importancia de mantener tanto una buena “capacidad aeróbica” como una buena fuerza muscular para maximizar los beneficios del ejercicio sobre la salud. ¿Fuerza o resistencia? Mejor los dos.


REFERENCIAS

  • Kim et al. (2018) The combination of cardiorespiratory fitness and muscle strength, and mortality risk. European Journal of Epidemiology. 33: 953-964.

LA ACTIVIDAD FÍSICA PROTEGE FRENTE A LOS ACCIDENTES CEREBROVASCULARES

La aterosclerosis es la principal causa de morbi-mortalidad en los países desarrollados (1). Es una enfermedad cardiovascular caracterizada por la acumulación de grasa, colesterol y otras sustancias en las paredes de las arterias, formando lo que se conoce como placas de ateroma. Precisamente, los accidentes cerebrovasculares (ACV) son unas de las manifestaciones más frecuentes de las placas ateroscleróticas carotídeas. Las placas ateroscleróticas pueden ser estables, con poca predisposición a la rotura, o inestables y asociarse a eventos coronarios agudos. Éstas últimas se manifiestan a través de una capa fibrosa degradada, un gran núcleo lipídico, hemorragia intraplaca, neovascularización e infiltración de macrófagos. De todas, la hemorragia intraplaca representa el principal factor determinante de inestabilidad de la placa (2) y se asocia con futuros eventos isquémicos (3).

La inactividad física y el sedentarismo se asocian con un aumento de la mortalidad por enfermedad cardiovascular (4). En este sentido, un reciente estudio (5) ha evaluado la asociación de la actividad física y su intensidad, así como de las conductas sedentarias sobre parámetros histológicos de las placas carotídeas en pacientes asintomáticos sometidos a una endarterectomía carotídea (procedimiento quirúrgico utilizado para eliminar las placas de ateroma de las arterias carótidas). Se incluyeron noventa pacientes asintomáticos (es decir, sin historial clínico de ACV o ataque isquémico transitorio en los últimos 6 meses) sometidos a endarterectomía carotídea. Todos fueron tratados con estatinas (rango: 20–80 mg/día), antiagregantes plaquetarios (aspirina 75 mg/día) e inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina.

Los resultados demostraron que las hemorragias intraplacas fueron menos frecuentes en los más activos físicamente (48% versus 74% en los menos activos) y en los menos sedentarios (50% versus 71% en los más sedentarios). Asimismo, las hemorragias intraplacas fueron menos frecuentes en los que se ejercitaron más de 900 MET-min/sem (equivalente a 45 min/día de actividad física moderada frente a los 30 recomendados por la OMS) que en los que lo hicieron menos de esa cantidad. Todas las otras manifestaciones que se asocian con la inestabilidad de la placa (nuevos vasos sanguíneos, macrófagos, etc.) no difirieron entre los diferentes niveles de actividad física o conductas sedentarias.

En resumen, los pacientes con mayores niveles de actividad física e intensidad y menor nivel de sedentarismo tuvieron una prevalencia más baja de hemorragias intraplacas, las cuales se asocian con mayor inestabilidad de las mismas, ergo más probabilidades de sufrir un ACV. Por lo tanto, éste podría ser un mecanismo por el cual la actividad física protegiera contra el ACV y la mortalidad por esta causa.

REFERENCIAS


  1. Benjamin, E. J., Blaha, M. J., Chiuve, S. E., Cushman, M., Das, S. R., Deo, R., … & Jiménez, M. C. (2017). Heart disease and stroke statistics-2017 update: a report from the American Heart Association. Circulation, 135(10), e146-e603.
  2. Michel, J. B., Virmani, R., Arbustini, E., & Pasterkamp, G. (2011). Intraplaque haemorrhages as the trigger of plaque vulnerability. Eur Heart J, 32(16), 1977-1985.
  3. Turc, G., Oppenheim, C., Naggara, O., Eker, O. F., Calvet, D., Lacour, J. C., … & Toussaint, J. F. (2012). Relationships between recent intraplaque hemorrhage and stroke risk factors in patients with carotid stenosis: the HIRISC study. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 32(2), 492-499.
  4. Haapanen-Niemi, N., Miilunpalo, S., Pasanen, M., Vuori, I., Oja, P., & Malmberg, J. (2000). Body mass index, physical inactivity and low level of physical fitness as determinants of all-cause and cardiovascular disease mortality—16 y follow-up of middle-aged and elderly men and women. Int J Obes, 24(11), 1465.
  5. Mury, P., Mura, M., Della-Schiava, N., Chanon, S., Vieille-Marchiset, A., Nicaise, V., … & Millon, A. (2019). Association between physical activity and sedentary behaviour on carotid atherosclerotic plaques: an epidemiological and histological study in 90 asymptomatic patients. Br J Sports Med, bjsports-2018-099677.

EL EJERCICIO FÍSICO REGENERA EL CORAZÓN

Con la edad, la capacidad de generar nuevas células cardiacas (cardiomiogénesis) se ve limitada, siendo la pérdida de cardiomiocitos (las células del corazón) la principal causa de fallo cardiaco. Un estudio publicado en Nature Communications ha demostrado que el ejercicio físico aumenta el desarrollo de nuevos cardiomiocitos (1,15% en los que hicieron ejercicio vs 0,25 en sedentarios). El aumento de la actividad cardiaca producida por el ejercicio es capaz de generar nuevos cardiomiocitos a una tasa anual proyectada de 7.5% frente al 1.63% en condiciones sedentarias. Además, la cardiomiogénesis también se produce incluso después de sufrir un infarto de miocardio, generando el grupo de ejercicio 6 veces más nuevos cardiomiocitos que el grupo control.

PARA TUS HUESOS, MEJOR CORRER QUE NADAR O MONTAR EN BICI

Ya hemos comentado en innumerables ocasiones los beneficios del ejercicio físico para la salud. Sin embargo, existe una mayor controversia con respecto a los beneficios que aporta a nivel de la densidad mineral ósea (DMO). Por ejemplo, un meta-análisis publicado en la prestigiosa revista BMC Medicine (Nikander et al., 2010) y que incluyó un total de 10 estudios controlados concluyó que, mientras que el ejercicio aumenta la DMO en niños en etapa pre-puberal, en general no induce estos efectos en otras etapas de la vida (es decir, personas adolescentes, adultas o mayores).

Dicha heterogeneidad o controversia podría ser debida en parte al tipo de ejercicio analizado. En un reciente estudio (Andersen et al., 2018) los autores analizaron la DMO a un grupo de corredores y ciclistas y observaron que estos últimos, pese a realizar un mayor volumen de entrenamiento (500 vs 900 horas al año, respectivamente), presentaban una menor DMO total y específica a nivel lumbar y del cuello femoral. De hecho, mientras que en el grupo de corredores todos tenían una densidad mineral óptima, la mitad de los ciclistas presentaban una baja densidad mineral.

Estos resultados están en línea con otros publicados anteriormente. Por ejemplo, un estudio (Duncan et al., 2002) que incluyó a ciclistas, nadadores, corredores, triatletas y un grupo control que no hacía ejercicio (15 sujetos por grupo) observó que los corredores presentaban una mayor DMO en distintas partes del cuerpo en comparación con los que practicaban deportes en los que no hay impacto, es decir, nadadores y ciclistas. De hecho, sólo los corredores (y no los otros grupos, independientemente del deporte practicado) presentaban una mayor DMO que los controles.

Por lo tanto, el ejercicio físico no tiene por qué ser necesariamente beneficioso para la salud ósea. Los estímulos mecánicos producidos con los impactos que ocurren en cada apoyo mientras corremos o saltamos activan una serie de señales osteogénicas (es decir, de crecimiento óseo) que hacen que nuestros huesos se fortalezcan. Por ello, aunque deportes en los que no hay dichos impactos como son la natación y el ciclismo pueden ser beneficiosos en otros aspectos, incluido a nivel articular, en el caso de la DMO será recomendable incluir progresivamente ejercicios con impacto.


REFERENCIAS

  • Andersen, O. K., Clarsen, B., Garthe, I., Mørland, M., and Stensrud, T. (2018). Bone health in elite Norwegian endurance cyclists and runners: A cross-sectional study. BMJ Open Sport Exerc. Med. 4, 1–7. doi:10.1136/bmjsem-2018-000449.
  • Duncan, C. S., Blimkie, C. J. R., Howman-Giles, R., Briody, J. N., COWELL, C. T., and BURKE, S. T. (2002). Bone mineral density in adolescent female athletes: relationship to exercise type and muscle strength. Med. Sci. Sports Exerc. 34, 286–294. doi:10.1097/00005768-200202000-00017.
  • Nikander, R., Sievänen, H., Uusi-Rasi, K., Heinonen, A., Kannus, P., and Daly, R. M. (2010). Targeted exercise against osteoporosis: A systematic review and meta-analysis for optimising bone strength throughout life. BMC Med. 8, 47. doi:10.1186/1741-7015-8-47.

LA ACTIVIDAD FÍSICA REDUCE EL RIESGO DE MORTALIDAD ASOCIADA A LA FRAGILIDAD COGNITIVA

En publicaciones anteriores, hemos visto algunos de los problemas asociados a la edad, como es el caso del Alzheimer. Otros indicadores de envejecimiento, como el deterioro cognitivo y la fragilidad física, se asocian con un elevado riesgo de hospitalización, discapacidad y mortalidad (1). Ambos comparten algunos mecanismos adversos, como alteraciones cerebrales, desregulación hormonal, inflamación crónica y estrés oxidativo. De hecho, la fragilidad física se suele relacionar con deterioro cognitivo, demencia y Alzheimer. Por este motivo, se ha establecido el concepto de fragilidad cognitiva como una manifestación clínica heterogénea caracterizada por la presencia simultánea de fragilidad física y deterioro cognitivo, en ausencia de demencia.

Ahora, por primera vez, un estudio liderado por los investigadores Irene Esteban-Cornejo y Francisco B. Ortega, de la Universidad de Granada, ha evaluado si la actividad física podría atenuar, y hasta qué punto, el efecto de la fragilidad cognitiva en la mortalidad (2). Durante un seguimiento medio de 14 años, se analizó una cohorte representativa (n=3677 participantes) de la población española no institucionalizada de ≥60 años (72 años de media). A través de la escala FRAIL y el Mini-Mental State Examination se valoró la fragilidad física y el deterioro cognitivo, respectivamente.

El estudio ha demostrado que la fragilidad cognitiva ejerce un mayor riesgo de mortalidad en las personas inactivas, pero es que además ser físicamente activo puede reducir el riesgo de mortalidad entre los individuos cognitivamente frágiles en un 36%. Otro hallazgo clínicamente relevante ha mostrado que, en comparación con aquellos que eran robustos y activos, los participantes con fragilidad cognitiva e inactivos tenían el mayor riesgo de mortalidad, equivalente a tener 6,8 años más de edad cronológica.

Finalmente, estos resultados vuelven a dejar clara la importancia de la actividad física como estrategia para mejorar la supervivencia entre los adultos mayores y, en este caso en particular, entre los mayores cognitivamente frágiles. Por tanto, desde una perspectiva de salud pública, promover un estilo de vida físicamente activo podría ser una de las estrategias fundamentales en la lucha contra la mortalidad asociada a la fragilidad cognitiva.


REFERENCIAS

  1. Panza, F., Lozupone, M., Solfrizzi, V., Sardone, R., Dibello, V., Di Lena, L., … & Quaranta, N. (2018). Different cognitive frailty models and health-and cognitive-related outcomes in older age: from epidemiology to prevention. Journal of Alzheimer’s disease, 62(3), 993-1012.
  2. Esteban-Cornejo, I., Cabanas-Sánchez, V., Higueras-Fresnillo, S., Ortega, F. B., Kramer, A. F., Rodriguez-Artalejo, F., & Martinez-Gomez, D. (2019, March). Cognitive Frailty and Mortality in a National Cohort of Older Adults: the Role of Physical Activity. Mayo Clinic Proceedings [Epub ahead of print].

DESCRIPCIÓN DE LOS DIFERENTES TIPOS DE AYUNO Y SUS BENEFICIOS

El aumento de la esperanza de vida no se ha visto acompañado de un envejecimiento más saludable. Uno de las aspectos que más afectan al desarrollo de enfermedades relacionadas con la edad es la alimentación. Una nutrición adecuada influye en la salud y la supervivencia, demorando o, en algunos casos, previniendo la aparición y progresión de enfermedades crónicas. Sin embargo, tanto una dieta hipo como hipercalórica tienen la capacidad de aumentar el riesgo de enfermedades crónicas y de muerte prematura. Además, la modificación de la dieta, ya sea al alterar la ingesta calórica o el momento de las comidas, puede provocar un retraso en la aparición y progresión de enfermedades, alargando una vida más saludable. En general, tanto la reducción prolongada de la ingesta calórica como los ciclos de ayuno tienen la capacidad de disminuir el riesgo de enfermedades y aumentar la esperanza de vida.

EL EJERCICIO, BENEFICIOSO PARA LA PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO DEL ALZHEIMER

La población envejece a pasos agigantados como consecuencia de una mayor esperanza de vida y una menor tasa de natalidad. Sin embargo, esto trae como consecuencia un aumento en la incidencia de patologías relacionadas con la edad como el Alzheimer. El Alzheimer es la principal causa de demencia. Aproximadamente 40 millones de personas sufren esta enfermedad en el mundo, y se estima que la incidencia se va a duplicar en los próximos 20 años [1]. Además, esta enfermedad supone un gran gasto económico tanto para los sistemas sanitarios (en Estados Unidos se invirtieron aproximadamente 226 billones de dólares en el año 2015 para el tratamiento de personas con demencia) como para las familias, que tienen que invertir tiempo y dinero en el cuidado de los allegados que sufren esta patología.

Las graves consecuencias tanto a nivel de salud como económico muestran que la prevención del Alzheimer -o el tratamiento en el caso de sufrir ya esta patología- debe ser un objetivo claro, pero la evidencia en torno a posibles intervenciones farmacológicas que puedan aportar beneficios es muy escasa. Por el contrario, cada vez existe mayor conocimiento sobre los beneficios del ejercicio físico.

Un meta-análisis reciente mostró que la actividad física regular reduce la degeneración que ocurre con el envejecimiento en el volumen del hipocampo, una de las zonas cerebrales involucradas en la neuroplasticidad [2]. Así, el ejercicio podría tener un efecto ‘protector’ contra el Alzheimer, como confirma un meta-análisis que mostró que cumplir con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (>150 minutos/semana de actividad física moderada o 75 minutos/semana de actividad física intensa) reduce en un 40% el riesgo de sufrir esta enfermedad [3]. Además, el ejercicio ha mostrado no solo prevenir el Alzheimer sino también mejorar (o atenuar su disminución) el deterioro cognitivo en pacientes ya afectados. Por ejemplo, un reciente meta-análisis que incluyó a más de mil pacientes (edad media de 77 años) mostró que los pacientes con Alzheimer o deterioro cognitivo que realizaban en torno a 3 sesiones de entrenamiento a la semana (especialmente ejercicio aeróbico) mejoraban su función cognitiva, mientras que los que no realizaban ejercicio la empeoraban [4].

Por lo tanto, más allá de las posibles estrategias farmacológicas que puedan desarrollar para el tratamiento de esta enfermedad, el ejercicio físico debe jugar un papel fundamental no solo en personas sanas para la prevención del deterioro cognitivo sino también en personas que ya sufren Alzheimer por los beneficios que puede aportar a nivel de forma física y salud mental.


REFERENCIAS

[1]      Scheltens P, Blennow K, Breteler MMB, de Strooper B, Frisoni GB, Salloway S, et al. Alzheimer’s disease. Lancet 2016;388:505–17.

[2]      Firth J, Stubbs B, Vancampfort D, Schuch F, Lagopoulos J, Rosenbaum S, et al. Effect of aerobic exercise on hippocampal volume in humans: A systematic review and meta-analysis. Neuroimage 2018;166:230–8.

[3]      Santos-Lozano A, Pareja-Galeano H, Sanchis-Gomar F, Quindós-Rubial M, Fiuza-Luces C, Cristi-Montero C, et al. Physical Activity and Alzheimer Disease: A Protective Association. Mayo Clin Proc 2016;91:999–1020. doi:10.1016/j.mayocp.2016.04.024.

[4]      Panza GA, Taylor BA, MacDonald H V., Johnson BT, Zaleski AL, Livingston J, et al. Can Exercise Improve Cognitive Symptoms of Alzheimer’s Disease? J Am Geriatr Soc 2018;66:487–95. doi:10.1111/jgs.15241.

HIIT, ¿EL ARMA MÁS EFECTIVA PARA LA PÉRDIDA DE GRASA?

Simplificando quizá en exceso y más allá de complejos procesos fisiológicos -muchos de ellos todavía en discusión-, los cambios en el peso corporal son el resultado de un equilibrio entre la ingesta y el gasto energético. Así, el ejercicio físico debe ser, junto con una adecuada nutrición, una piedra angular para favorecer la pérdida de peso.

Son numerosas las estrategias disponibles para aumentar el gasto energético, y en personas sedentarias cualquiera de ellas puede ser efectiva (en mayor o en menor medida) para aportar beneficios con respecto a su conducta previa. Es decir, siempre es mejor moverse que no hacerlo. Sin embargo, cada vez una mayor evidencia sugiere que unos tipos de ejercicio pueden ser más recomendables que otros. En este sentido, dos de los tipos de ejercicio más comúnmente realizados para la pérdida de peso son el ejercicio continuo a intensidad moderada (>30 minutos a una intensidad de en torno al 60% de la frecuencia cardíaca máxima [es decir, una intensidad a la que se puede hablar sin jadear en exceso], incluyendo andar rápido, trotar o montar en bici) y el entrenamiento interválico de alta intensidad (también conocido como HIIT, y consistente en realizar varias series de hasta 4-5 minutos pero a una intensidad por encima del umbral, es decir, a la que cueste hablar con facilidad).

Con el fin de comparar la efectividad de estos ejercicios para la pérdida de peso, un reciente meta-análisis publicado en la prestigiosa revista British Journal of Sports Medicine [1] analizó un total de 36 estudios con más de 1000 participantes que entrenaron durante más de 4 semanas. Los resultados mostraron que ambos tipos de ejercicio redujeron la cantidad de masa grasa, pero esta reducción fue mayor en aquellos participantes que hicieron HIIT. En concreto, el HIIT supuso una pérdida de algo más de 2 kg más de grasa que el entrenamiento continuo, y estas mejoras fueron aún mayores (más de 3 kg con respecto al entrenamiento continuo) cuando el HIIT se hizo con series muy cortas (entre 8 y 30 segundos) pero a la máxima intensidad posible.

Por otro lado, es importante remarcar también que los entrenamientos de intensidad moderada duraban de media aproximadamente 38 minutos, mientras que las sesiones de HIIT duraron 28 minutos contando los descansos. Además, algunas variables como realizar el entrenamiento corriendo en vez de en bicicleta, tener menos de 30 años o realizar el entrenamiento de forma supervisada mostraron favorecer la pérdida de grasa.

En resumen, estos datos muestran el HIIT como una estrategia más efectiva y más eficiente para la pérdida de peso que otro método posiblemente más comúnmente utilizado como es salir a hacer ejercicio a una intensidad moderada pero de forma continua. No obstante, es importante remarcar que la estrategia más efectiva será siempre aquella que provoque la mayor adherencia. El mejor ejercicio es aquel que se realiza.


REFERENCIAS

[1] Viana RB, et al. Is interval training the magic bullet for fat loss? A systematic review and meta-analysis comparing moderate-intensity continuous training with high-intensity interval training (HIIT). British Journal of Sports Medicine. 2019. In press. doi:10.1136/bjsports-2018-099928

¿SE DEBEN PROHIBIR LAS CONDICIONES MÉDICAS EXCEPCIONALES EN EL DEPORTE?

La atleta Caster Semenya ha ocupado las portadas de muchos periódicos en los últimos años, y no sólo por ser una de las mejores atletas de todos tiempos. Esta deportista presenta una condición conocida como “desorden del desarrollo sexual”, la cual hace que tenga unos niveles de testosterona anormalmente altos.

La Federación Internacional de Atletismo (IAAF, por sus siglas en inglés) ha decidido prohibir a las deportistas como Semenya participar junto con el resto de compañeras si no reducen sus niveles de testosterona, algo que pueden conseguir de forma farmacológica. Esta decisión de la IAAF está en parte basada en un reciente estudio (Bermon, 2017) en el que se analizaron más de 2000 pruebas de deportistas de élite, observándose que aquellos con altos niveles de testosterona rendían mejor que los que tenían unos niveles menores.

Son numerosas las condiciones biológicas que pueden hacer a una deportista con genotipo XX (es decir, de sexo femenino) tener unos niveles anormalmente altos de testosterona (Elhassan, 2018), como son el síndrome de ovario poliquístico, la hiperplasia adrenal congénita o la hipertecosis ovárica (aunque en el 10% de los casos no se sabe el motivo con exactitud). Por otro lado, es posible que un individuo con genotipo XY (es decir, de varón) presente un fenotipo femenino (es decir, caracteres externos de mujer) con una condición conocida como insensibilidad completa a los andrógenos.

No se conoce cuál es la condición fisiológica de Caster Semenya (genotipo XX o XY), pero la decisión de la IAAF ha creado controversia en torno a si se pueden prohibir características individuales que favorezcan el rendimiento. Un caso similar ocurrió con el hematocrito en el ciclismo. La Unión Ciclista Internacional decidió prohibir competir a aquellos ciclistas con un hematocrito mayor al 50% o una hemoglobina mayor a 17 g/dl. Sin embargo, existe una alteración genética que aumenta de forma anormal la creación de nuevos glóbulos rojos y por tanto el transporte de oxígeno (la cual estaba presente, por ejemplo, en el tres veces campeón olímpico Aero Mantyranta, por ejemplo). Otras muchas alteraciones fisiológicas podrían favorecer el rendimiento en diversos deportes, como por ejemplo la acromegalia o el gigantismo en el baloncesto. Más allá de la decisión que tome a la IAAF con respecto al caso de Semenya, ¿se deben prohibir las condiciones fisiológicas asociadas a un mejor rendimiento deportivo? ¿Dónde está el límite?

 

Esta entrada ha sido adaptada del artículo: “Valenzuela PL, et al. Should exceptional medical conditions be banned in sports? Lancet Diabetes Endocrinol; 6: 687-688”

https://www.thelancet.com/journals/landia/article/PIIS2213-8587(18)30210-9

REFERENCIAS

  • Bermon S, et al. Serum androgen levels and their relation to performance in track and field: mass spectrometry results from 2127 observations in male and female elite athletes. Br J Sports Med 2017; 51: 1309–14.
  • Elhassan YS, et al. Causes, patterns, and severity of androgen excess in 1205 consecutively recruited women. J Clin Endocrinol Metab 2018; 103: 1214–23.

EL ENTRENAMIENTO DE FUERZA REDUCE LA MORTALIDAD EN SUPERVIVIENTES DE CÁNCER

Un estudio que incluyó a 2.863 supervivientes de cáncer, examinó la asociación entre el entrenamiento de fuerza y la mortalidad por cualquier causa. Se concluyó que entrenar fuerza al menos una vez a la semana reduce un 33% la mortalidad, evidenciando el beneficio de tener unos niveles de fuerza altos en supervivientes de cáncer.