UTILIDAD DEL SALTO VERTICAL PARA CONTROLAR LA FATIGA DURANTE UNA SESIÓN

En los últimos años los investigadores han realizado grandes avances en el control de la fatiga en acciones de predominante influencia neuromuscular (i.e.: entrenamiento de fuerza y velocidad). Entre las variables a modificar en este tipo de entrenamientos se encuentran la intensidad y el volumen, existiendo gran controversia en torno a la óptima dosis de este último. Por ejemplo, ¿cuál es el número correcto de repeticiones, sea de series en carrera o de levantamientos de cargas, que debe realizar un deportista?

Mientras que en ámbitos como el fisioculturismo puede ser conveniente aumentar el estrés metabólico mediante repeticiones al fallo muscular para producir hipertrofia, en la mayoría de deportes el objetivo será mejorar la aplicación de fuerza para aumentar el rendimiento, siendo la hipertrofia en muchas ocasiones un resultado secundario (o como dice el Dr. González Badillo, un mal necesario).

Así, si para una misma acción con una misma carga (peso corporal en carrera o carga externa en levantamientos), disminuimos la velocidad de ejecución, estaremos disminuyendo la fuerza aplicada, siendo por tanto estas ejecuciones menos eficaces para la mejora del rendimiento y produciendo además un mayor estrés metabólico con la consiguiente hipertrofia. Por ello, serán útiles todos aquellos métodos que nos permitan valorar de forma objetiva ese momento en el que la fuerza comienza a disminuir, pudiendo determinar así si no se deben realizar más repeticiones o si se debe aumentar el tiempo de recuperación.

La capacidad de salto ha mostrado en gran medida las propiedades neuromusculares del tren inferior. Dos investigadores españoles [1] demostraron que la pérdida de altura de salto podía ser utilizada como un indicador de fatiga durante el entrenamiento de fuerza, estando esta variable altamente correlacionada con la pérdida de velocidad durante las series de fuerza (r=0.92). Además, en este mismo estudio encontraron una alta correlación entre la pérdida de salto y los niveles de estrés metabólico (r=0.97).

Por otro lado, recientemente se ha publicado otro estudio [2] en el que los sujetos realizaron el mayor número de sprints de 40 m separados por 4 minutos de descanso hasta disminuir la velocidad un 3%, realizando un salto y midiendo los niveles de estrés metabólico (lactato y amonio) en cada descanso. Los autores observaron como el número máximo de sprints que pudo realizar cada sujeto, y la pérdida de velocidad durante estos sprints, estaba altamente correlacionado con la acumulación de estrés metabólico (r=0.87), observando también una correlación casi perfecta entre los niveles de estrés metabólico y la pérdida de la capacidad de salto (r=0.95-0.96).

En resumen, existe una alta correlación entre la capacidad de salto, los niveles de estrés metabólico y el rendimiento en el entrenamiento de fuerza o de sprints. Estos resultados muestran la gran aplicabilidad de la medición de la capacidad de salto para determinar el momento en el que el ejercicio debe ser cesado al estar disminuyendo los niveles de fuerza aplicada o aumentando en exceso los niveles de estrés metabólico (ambas variables relacionadas).

Buscando una aplicación práctica, sería recomendable medir a los deportistas la altura de salto entre las series de fuerza de tren inferior o de carrera para determinar cuándo realizar más repeticiones supondrá un aumento en el ratio riesgo/beneficio, ya que no se mejorarán los niveles de fuerza y sí se aumentará por el contrario el estrés metabólico con la consiguiente fatiga para sesiones posteriores, aumentando la hipertrofia, produciéndose una alteración en la técnica de carrera, etc.


 REFERENCIAS

  1. Sánchez-Medina L, González-Badillo JJ. Velocity loss as an indicator of neuromuscular fatigue during resistance training. Med Sci Sport Exerc. 2011;43(9):1725–34.
  2. Jiménez-Reyes P, Pareja-Blanco F, Cuadrado-Peñafiel V, Morcillo JA, Párraga JA, González-Badillo JJ. Mechanical , Metabolic and Perceptual Response during Sprint Training. Int J Sports Med. 2016;37(10):807–12.
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